NUEVOS ELEMENTOS DEL CASO SANTRICH Y SUS IMPLICACIONES PARA VENEZUELA

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Por: María Fernanda Barreto.

En abril de 2018, publicamos unanálisissobre la débil causa de la Fiscalía colombiana contra Jesús Santrich y sus pretensiones de vincular a Venezuela a ese mismo caso.

Para ese momento, Santrich era ex Comandante de las FARC-EP y estaba a punto de asumir un escaño en la Cámara de Representantes. Después de poco más de un año, laJurisdicción Especial para la Paz (JEP)decidió que las pruebas presentadas por Fiscalía no eran suficientes, por lo que quedó en libertad y en conformidad con losacuerdosfirmados en La Habana. Se le dio garantía de no extradición.

Esto sirvió de argumento a larenunciadel entonces fiscal Néstor Humberto Martínez a su cargo, en un pretendido arranque de dignidad, esgrimiendo lo que definió como su «devoción por el Estado de derecho».

Pero esa supuesta pasión ya había sido cuestionada por el casoOdebretch, donde Juan…

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Fascismo, la cofradía del saqueo

José Darío Castrillón Orozco
16 noviembre, 2020

Ninguna bondad anima al fascista porque ha vaciado de ideales la política, para poner en el centro de ella el lucro de una casta, como se expuso antes (artículo anterior); así como despojó de moral la militancia para entronizar la mentira, la calumnia, y la violencia como métodos. Cuando diversos sistemas sociales han tenido por objetivo de largo alcance la paz, el propósito del falangista es eternizar la guerra. En Colombia es clara su condición de enemigos de la paz.

Al tener la violencia como método y la guerra como fin los primeros seguidores fascistas suelen recogerse entre militares. Un país con doscientos años de guerras civiles, y un saldo de personajes con traumas de guerra, unos por haber participado otros por no haberlo hecho, produce tipejos sicopáticos para este despropósito. La intensificación del conflicto en la segunda mitad del siglo XX en Colombia dejó muchos beligerantes incursos en expedientes por violaciones a los derechos humanos; esos militares descompuestos, fueron el núcleo inicial del paramilitarismo ligado al narcotráfico, posterior columna para el fascismo criollo. Si se revisan a los segundones de los carteles de Medellín y de Cali, en los años ochenta, protagonistas en avisos de recompensa, la mayoría provenían de la Policía Nacional, o del Ejército de Colombia.

De estos militares promovidos a sicarios, con los terratenientes del país, más los recursos de la mafia, y el auspicio de las Fuerzas Armadas, surgen los primeros embriones de la organización fascista. A diferencia del proceso en Alemania, que pronto pasó de los núcleos en el ejército, a una alianza con los industriales y con los caudillos políticos, donde los primeros se ofrendaban tras cierto heroísmo nacionalista, mientras los segundos se llenaban los bolsillos, y los terceros usufructuaban los privilegios del poder. En Colombia antes que los industriales estuvieron los señores de la tierra, y los narcotraficantes.

En España y en Italia el fascismo agrupó los mismos sectores, pero contó también con la participación de la iglesia católica. En Colombia desde hace un siglo hay sacerdotes predicando la violencia, o militando como el cura de las dos biblias, paramilitar del grupo de exterminio Los Doce Apóstoles. Aunque la mayoría del episcopado no participa de esta ideología, si es frecuente en obispos del norte del país, desleales al papa. La novedad en este lado del océano es la participación en la implantación de esta ideología del reguero de iglesias y sectas evangélicas. Mientras los seguidores de Martín Lutero en Alemania actuaron como dique contra el nazismo, en Colombia son su fundamento.

Todo sugiere que tal alianza se consolida con el pacto para matar a Pablo Escobar, que hacen políticos, militares, mafiosos, paramilitares, el gobierno de Colombia, y la Agencia Antidrogas de Estados Unidos, DEA. Tras el logro se reparten bienes y rutas del abatido jefe y, bajo tolerancia estatal, de Colombia y los EEUU, se legaliza el despojo y se posibilita el funcionamiento del Cartel de Medellín con finalidad política.

La participación de la mafia en espectro de las fuerzas nazis es un aporte con marca de origen medellinense, un siglo después de las originales. Significativo aporte, ya que la mafia no es cualquier pandilla de criminales: Es delincuencia organizada que trasciende lo circunstancial de los rateritos que se unen para robar algo, lo cual basta, sino que se trata de una organización con pretensiones perennes (semejantes a los clubes de banqueros). Pero no se queda ahí, la mafia demanda cierta legitimidad, requiere el apoyo de algún sector de la sociedad. Por eso se trata de un club de delincuentes que monta un aparato de propaganda, que crea y alimenta leyendas, que hace ostentación de sus logros; el mafioso hace lenguaje, moda, deviene en estilo de vida. Claro, la mafia se hace reconocer primero por su capacidad extrema de crear horror, por la crueldad en sus métodos. La organización mafiosa es lo más afín que tiene el fascismo.

Fue gran acierto capturar la estructura de Pablo de Antioquia para desde este aparato pretender instaurar el fascismo en Colombia, pues, si esta concepción política no ha tenido tan buena imagen, la mafia sí ha estado legitimada en ciertos sectores de la población. Además de disponer de los caudales del tráfico de cocaína, desde ella se ha podido corromper a las fuerzas militares y de policía, y cooptar el generalato. El desfile de generales declarando ante tribunales norteamericanos que abrieron los generales Flavio Buitrago, y Mauricio Santoyo, será una figura común en adelante. A la soldadesca se le concede el abuso sobre los civiles, que a diferencia de otros mafiosos, los fachos no se caracterizan por su generosidad, ni con dinero robado.

Si bien Benito Mussolini llegó a apoderarse de la estructura mafiosa italiana, jamás pudo alcanzar tanto rendimiento como lo lograron en Colombia. Del Duce italiano aprendieron a regar la leyenda que combatían a la mafia mientras la usufructuaban.

Al parecer los industriales llegaron después a conformar esta alianza, pero al observar como empresas del Grupo Empresarial Antioqueño, GEA, resultaron beneficiadas con tierras despojadas por el paramilitarismo habla más de su bajo perfil inicial que de su ausencia en esta asociación. Hasta el mismo carácter de industriales es cuestionable, cuando más que la trasformación de materias primas ahora se dedican a especular con la propiedad de la tierra, al monocultivo de palma, y al extractivismo minero. La economía del fascismo es lo más cercano a la condición de cazadores y recolectores.

Ahora, desembozan su participación en esa cofradía, aportando un plus de legitimidad y reconfigurando la sociedad que se acerca más a un Estado Corporativo, típico de los regímenes fascistas, donde los patrones sustituyen a los partidos y a los ciudadanos. Hoy el autodenominado Consejo Gremial cogobierna con Iván Duque, quien toma las decisiones de Estado en sesiones con los gremios económicos, mientras desoye a las comunidades, y a los parlamentarios. La agenda política es dictada por esos gremios.

Es más, hoy los alcaldes populares tienen la amenaza de procesos revocatorios no de origen partidista o ciudadano sino empresarial, como el caso del independiente alcalde de Medellín Daniel Quintero, asediado por el GEA; y el presidente de la Asociación de Empresarios controvierte a la administración de Bogotá.

Los dinamismos sociales del fascismo requieren un desarrollo ulterior. Una vez más se ha arrasado a la ciudadanía, y es urgente restaurar lo humano en el centro de la política, única manera de construir un Estado que conquiste la paz.

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El fascismo, ideología de canallas

“La esperanza sólo nos ha sido dada por los desesperanzados”

Walter Benjamin

De Walter Benjamin se desprende que lo hecho nunca está definitivamente hecho (Sobre el concepto de historia), que la historia no se ha cerrado, y no hay etapas superadas. Quiere decir que lo peor que nos ha pasado puede volver: los horrores de los campos de concentración, de las carnicerías humanas, y del fascismo son una amenaza actual.

Hace cien años, en la primera posguerra europea, de un paramilitarismo de Estado en Alemania, surgen los gérmenes del fascismo. Un camino semejante habría de recorrer en Italia, y en España. Y, desde finales del siglo XX, en Colombia.

La idea central es la defensa de la propiedad, concebida a la manera del régimen feudal, por lo cual es abiertamente anticomunista, ya que el comunismo propugna por modificar la propiedad y las clases sociales, lo cual hace imposible el fascismo de izquierda.

Por fuera de esta defensa no hay contenidos, sólo frases retóricas. Tal ideología es un vaciamiento de la política: desaparecen las ideas que impulsan a cambios sociales para erigir a la propiedad como principio sacrosanto, y los valores que propugnan como la tradición, la familia, la fe, son los necesarios para justificar la extensión del alambrado de púas, porque demás tradiciones, credos y familias son arrasados de la peor forma,  ya que el método privilegiado del fascismo es el terror.

No solo hay vaciamiento de ideas en el fascismo, también hay abandono a cualquier moral, con lo cual fines y medios se dislocan, y la invocación de presuntos valores, la religiosidad, y el mismo despliegue belicoso, es la mampara para ocultar la inmoralidad de su política. Por eso validan como acto de guerra la masacre de campesinos amarrados; entregan las niñas indígenas para que las viole la soldadesca, o muchachitas colombianas a las tropas gringas. El fascismo colombiano superó en crueldad a los europeos cuando se atrevió a asesinar a sus conciudadanos para hacerlos pasar por enemigos abatidos en combate, aberración a la que ningún otro régimen ha llegado.

También han de tenerse en la cuenta otros métodos como la mentira y la calumnia en política, donde los fachos criollos tienen otro record mundial; la judicialización de opositores mediante expedientes construidos con pruebas y testimonios falsos; el recurso a la coerción desde bandas de paramilitares a los electores, o la intimidación de los militantes opositores por las mismas hordas; y ni qué decir del asesinato de líderes sociales. Hasta su único principio es trasgredido cuando necesitan. Es conocido como los fascistas colombianos han robado casi nueve millones de hectáreas de tierras a campesinos, y cómo defienden tal despojo en forma unánime.

Porque, a falta de un expediente racial, como lo hubo en Alemania, pretenden en Colombia crear una sociedad de castas, donde ellos puedan disponer de vida, cuerpo y bienes de las demás castas. Para ello reivindican, al igual que los nazis de hace un siglo, el llamado darwinismo social, esto es que por cierta “selección natural”, la violencia, ellos han acumulado tierra y riqueza, y merecen eternamente conservarlas. Lo cual también se ha invocado por el colonialismo europeo en África, o el despojo sionista de Palestina, al autoproclamarse el más fuerte, o adaptado, y “naturalizar” su dominio sobre el otro

Porque lo que hay tras este pensamiento político es una instrumentalización del semejante. Donde se arguye la diferencia para imponer la desigualdad, entonces aparecen narrativas donde los pobres son culpables de su pobreza, a los desplazados por algo los desplazarían, las niñas violadas lo fueron por seductoras, a los líderes asesinados por algo los matarían, o las deficiencias en salud suceden por el desaseo de los pobres. Según ellos es ley natural: Unos nacieron para sufrir, ellos para enriquecerse allí donde otros sufren.

Esto no deja de ser un artificio para justificar el terrorismo del Estado, porque el fin clave del fascismo es la violencia como un instrumento para acceder al gobierno, y para conservar la propiedad, los privilegios, el poder.

De ahí que la guerra deja de ser un método y pasa a ser un fin para estos, en Colombia se han declarado enemigos de la paz. Procuran darle consistencia a un enemigo porque requieren de él para dar rienda suelta a su afán belicoso, pero es la guerra por la guerra. Y sin sentido heroico, porque se trata de hacer de las Fuerzas Armadas unas entidades al margen de la sociedad, de modo que las puedan volver contra la sociedad misma. Siempre está en la base de cualquier totalitarismo la policía como  un insumo.

Porque la guerra que pregonan es una guerra sin Derecho Internacional Humanitario, sin normas, donde la distinción entre combatientes y civiles está borrada, que, además, tiene pretensiones de eterna. Y la razón de estas pretensiones es que con la guerra surge el estado de excepción, y con este podrán usufructuar el ejercicio abusivo del poder sin apegos a norma alguna, porque los códigos son para aplicarlos a los adversarios políticos, así sean necesarios montajes como los que hicieron contra Santrich, o los que han hecho contra el senador Iván Cepeda. Se trata del poder del Estado al servicio de una banda, y en contra del ciudadano.

Claro que invocan la defensa de las instituciones, pero instituciones sin ciudadanía porque en la política de los fascistas, aunque ellos se reclaman técnicos y no políticos, el ciudadano es un estorbo. Se requiere de seres obedientes, que no opinen, para eso está el caudillo que piensa y habla por todos. Nótese como en las organizaciones políticas del fascismo no quedan intelectuales, no quedan artistas, ni escritores, ni cineastas… a falta de estos han reclutado a un número significativo de reaggetoneros.

Insisten que la violencia es para alcanzar los fines del Estado, pero, como hemos visto en estos tiempos de estado de excepción por pandemia, los fines del Estado colombiano se van tornando pillaje y saqueo.

La composición y los mecanismos del fascismo criollo merecen un desarrollo más detenido que se hará en textos posteriores. Ahora se debe decir que mientras en Colombia un partido, que gobierna, pretende instaurar un régimen fascista, hay una ciudadanía activa, consciente que lucha contra este Frankeinstein que resucita en el siglo XXI, porque así como la historia no conjura los monstruos que ha engendrado, estos terrores tampoco han vencido a la humanidad, y la lucha por los grandes ideales siguen siendo actuales: aliviar los males que atormentaron a nuestros ancestros, buscar la libertad, la igualdad, la fraternidad. La Utopía no solo es deseable y posible, es necesaria en esta tierra.

Por: José Darío Castrillón Orozco

9 noviembre, 2020

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