Después de la golpiza que un policía le asestó en la puerta de su propia casa, Anderson Arboleda se recostó en la cama. Y lloró. Decía que le dolía la cabeza. Su abuela, doña Socorro, fue hasta la cocina a tibiar agua con vinagre para ponerle unas compresas en la frente. Anderson se levantó, intentó sentarse, se tomó una pastilla, volvió a la cama, se durmió hasta el otro día. Y no se despertó nunca más.
—Estaba como tieso, llamé a mi hermana para que lo lleváramos a urgencias. En el hospital lo atendieron y de una vez lo remitieron a Cali, a la Clínica Valle de Lili— recuerda Magaly, su tía.
Anderson, un joven negro de 19 años, -porque es relevante decirlo, murió en el hospital. Tenía fractura craneoencefálica como consecuencia de los bolillazos que recibió de dos agentes de la policía de Puerto Tejada, Cauca. La sangre había corrido internamente, lo que devino en una muerte cerebral, y horas después en el fallecimiento, dice en su historia clínica. Muerte violenta, un homicidio.
Aquel 20 de mayo, nadie -aparte de su círculo personal en Minneapolis, Minnesota, Estados Unidos-, sabía quién era George Floyd. Muchos habrán creído que fue primero el asesinato de Floyd y luego el de Anderson. Fue al revés. El crimen que despertó la solidaridad del mundo entero ocurrió el 25, fecha en la que en ese país comenzaron unas protestas sin precedentes en los últimos tiempos: la gente se llenó de rabia, y salió a gritar en contra del racismo, tan estructural, tan cotidiano, tan invisible.
El sepelio de Anderson fue mucho menos multitudinario. Aún así, sus amigos de toda la vida y familiares del barrio Santa Elena hicieron carteleras en cartulina, estamparon camisetas y pidieron al viento que se hiciera justicia. Hubo banderitas blancas y bombas como de fiesta. En un enorme bafle hicieron sonar las canciones de reguetón que tanto le gustaban a Anderson. En Puerto Tejada hubo bulla y mucho llanto. El ataúd permaneció abierto varias horas en la sala de la casa. A Anderson lo vistieron de blanco. La Policía no pidió perdón. Ni se asomó por allá. Ninguna autoridad se hizo presente.
En el funeral solo estuvo un reportero cubriendo la noticia. El periodista de Noti-Puerto Tejada fue hasta esa casa, confiesa ahora, porque un amigo le dijo que si le hacía el favor de hacer el registro de una muerte para dejar constancia, para que no quedara impune.
—¿Qué mensaje le quiere mandar a la Policía?— le preguntó en cámara el periodista a María Lady Montaño, otra tía de Anderson.
Ella, con la mano derecha puesta sobre el cristal del féretro, le contestó:
—Que a los jóvenes les llamen la atención si no están en su casa, pero que no los agredan. Si les pueden hacer un comparendo, pues que se los hagan, pero que no los maten, gracias— clamó.
Que no los maten, dijo mirando el ataúd con expresión nostálgica, como si la embargara más la resignación que la rabia.
¿Qué pasó esa noche? ¿Cómo fue el ataque de los policías?
El 19 de mayo, a eso de las 10:30 de la noche, Anderson estaba en la calle con su hermano Jáider, de 16. Se separaron y se despidieron cuando llegó una patrulla motorizada con dos agentes de la policía a bordo. Le reclamaron a Anderson estar afuera a esa hora. Él alcanzó a correr hasta la casa y tocar la puerta, gritó que le abrieran. Magaly, su tía, estaba en la cama. Doña Socorro fue la primera en intentar pararse. Su esposo, Francisco Antonio González, de 71 años, se quedó a la espera.
Hubo una discusión. Magaly dice que Anderson no se quedó callado. Y que intentó entrar cuando el forcejeo se tornó agresivo. Cuando ella se asomó por la ventana vio el momento en que uno de los policías le lanzó dos bolillazos en la cabeza a su sobrino. La abuela abrió la puerta e intentó interponerse para que no lo golpearan más. Magaly dice haber visto cuando el segundo patrullero le lanzó a Anderson un bolillazo aún más fuerte en la cabeza.
—Desde la ventana yo metí la mano, luego vi que echaron gas pimienta. Anderson se puso a llorar en el piso, ‘¡mis ojos, mami, mis ojos!’, gritaba—.