Todo el poder a Palantir. Una mirada sobre el libro La República Tecnológica

Martín Schapiro – «Izquierda Diario»

En 2025, Alex Karp, CEO de Palantir Technologies, publicó junto a Nicholas Zamiska un libro que rápidamente se convirtió en bestseller del New York Times. The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West no es un libro sobre tecnología. Es un manifiesto político. O más precisamente es la expresión más articulada hasta la fecha de un proyecto de fusión entre el poder del Estado y el capital tecnológico.

Una de las reacciones más interesantes para entender el libro es la de Alexander Dugin, el filósofo ultranacionalista ruso, lo llamó “el plan del tecno-fascismo occidental”. Que alguien tan reaccionario como Dugin diga eso de Karp y el libro ya dice bastante.

Los orígenes y la actualidad de Palantir

Sin entrar en demasiado detalle sobre este aspecto, resulta necesario desarrollar un poco la genealogía de Palantir para entender de qué tipo de actor estamos hablando cuando Karp y Zamiska hablan de “reconstruir la república tecnológica”. La empresa fue fundada en 2003 por Karp y Peter Thiel, quien ya había cofundado PayPal junto a Elon Musk y construido el núcleo de lo que se conoce informalmente como la “PayPal Mafia”: el círculo de fundadores y ex empleados que desde entonces construyeron Tesla, LinkedIn, SpaceX, YouTube, Yelp y otras plataformas que hoy estructuran la vida digital global.

In-Q-Tel, el fondo de inversión de la CIA creado para financiar empresas tecnológicas estratégicas para la inteligencia estadounidense fue un jugador clave. Palantir nació, literal y financieramente, como una apuesta de la CIA por desarrollar herramientas de análisis de datos que sus propias agencias no podían construir internamente. Desde entonces, la empresa ha construido una relación densa y multidimensional con el aparato de seguridad del Estado: contratos con la CIA, la NSA, el FBI, el Departamento de Defensa, el CDC, y el Ejército de EE.UU. en misiones en Irak y Afganistán.

Hoy la empresa cotiza en más de 300 mil millones de dólares y ha crecido 500 % en los últimos 5 años (principalmente en los últimos 2 años) fue defendida por Trump en el último mes en el marco de la caída de sus acciones y ha recibo solo en 2025 mil millones de dólares, número que promete ser superado en 2026.

Uno de los vínculos que más controversia generó fue con el ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. El software Gotham de Palantir fue central en la construcción del programa ICM (Investigative Case Management), una plataforma que integraba datos de múltiples agencias y permitía realizar seguimientos detallados de personas. Activistas y medios documentaron extensamente que estas herramientas fueron usadas para coordinar redadas, deportaciones masivas y separaciones familiares en la frontera.

A esto se suman los contratos militares con implicancias geopolíticas directas. Palantir ha trabajado con el ejército israelí, con agencias que operaron en el contexto de la guerra en Afganistán y, según investigaciones periodísticas, sus herramientas de análisis tienen presencia en múltiples conflictos activos. Reportes de grupos de derechos humanos han señalado el uso de sistemas de análisis

La fusión del Estado y la Big Tech como defensa de “Occidente” y la batalla contra Silicon Valley y el capitalismo de las apps

El argumento central de The Technological Republic es que vivimos en un momento de emergencia geopolítica comparable a la Segunda Guerra Mundial, y en ese contexto la supuesta neutralidad tecnológica es una forma de traición, es por eso que Silicon Valley tiene una especie de deuda moral al Estado que hizo posible su existencia, y debe saldarse poniendo sus capacidades técnicas al servicio de la defensa nacional.

A esto se refieren los autores con “hedonismo ligero” de Silicon Valley (p. 105). La mayoría de las empresas son para desarrollar redes sociales, aplicaciones de delivery, algoritmos de marketing y todo eso es una frivolidad que distrae a las mentes más brillantes de los problemas que realmente importan. El iPhone, escriben provocadoramente, puede haber sido el “mayor logro creativo de nuestra civilización” y al mismo tiempo estar “limitando y constriñendo nuestro sentido de lo posible” (p. 50). Lo que Karp y Zamiska llaman la “tiranía de las apps” es la contracara de lo que podría haber sido una industria tecnológica que, como en los años de la posguerra, trabaje en estrecha alianza con el Estado para producir capacidades militares, de inteligencia y de seguridad nacional de primer orden.

Nuestro experimento occidental de autogobierno es frágil. No abogamos por un patriotismo superficial y vacío, un sustituto del pensamiento y la reflexión genuina sobre los méritos de nuestro proyecto nacional, así como sobre sus defectos. Estados Unidos dista mucho de ser perfecto. Pero es fácil olvidar que existen muchas más oportunidades en este país para quienes no pertenecen a las élites hereditarias que en cualquier otra nación del planeta […] Se requerirá una colaboración más estrecha entre el Estado y el sector tecnológico, así como una mayor alineación de visiones entre ambos, si Estados Unidos y sus aliados quieren mantener una ventaja que limite a nuestros adversarios a largo plazo. Las condiciones previas para una paz duradera a menudo solo surgen de una amenaza creíble de guerra (p. 35).

Karp y Zamiska incluso retoman una historia donde el Ejército de EE.UU. en Afganistán necesitaba mejor tecnología para predecir la colocación de bombas improvisadas y utiliza este ejemplo como uno relevante que explica la derrota por no decidir realizar una inversión necesaria y que podría haber cambiado la historia. En definitiva el argumento de que el problema no fue la guerra en sí sino que no se invirtió suficientemente en el software correcto. Es una lógica circular que sirve perfectamente a los intereses de una empresa que vende software militar.

Esta tensión es central y el libro no la resuelve: Karp se formó con autores de la escuela de Frankfurt, fue un demócrata declarado y un crítico del primer Trump). ¿Es Karp un ideólogo de la ultraderecha o un oportunista que encontró un nicho?. La respuesta más probable es que sea las dos cosas

En el libro coexiste una defensa acérrima del capitalismo y el motivo por el que dicha fusión velaría por el sistema con momentos de crítica al libertarianismo de mercado. La conclusión práctica de todo el razonamiento es siempre la misma: más inversión estatal en tecnología militar, más contratos para empresas como Palantir. El gasto público que Karp y Zamiska reivindican es el del Pentágono.

“El mercado es un poderoso motor de destrucción, tanto creativa como de otro tipo, pero a menudo no logra proporcionar lo que más se necesita en el momento adecuado” (p. XIV) [1].

Evgeny Morozov en “Oligarcas intelectuales legisladores” desarrolla cómo este tipo de figuras son quienes profetizan las exigencias de la tecnología y luego diseñan las políticas para satisfacer a los dioses que ellos mismos inventaron. Karp y Zamiska hacen exactamente esto: describe una crisis civilizatoria en la que el software de IA es la única respuesta posible, y es CEO de la empresa que vende ese software. Observa Morozov:

Pero el poder oligárquico ofrece una tentación aún más oscura: ¿por qué ajustar las predicciones para que coincidan con la realidad cuando se puede manipular la realidad para validarlas? (…) los intelectuales oligarcas reconfigurando la legislación, las instituciones y las expectativas culturales hasta que la profecía y la realidad se fusionan en una sola alucinación.

Karp y Zamiska sostienen que la cultura dominante de Silicon Valley, orientada al consumidor masivo y adicta a la publicidad digital, produjo un capitalismo tecnológico simultáneamente lucrativo y trivial. Las redes sociales optimizadas para la retención, los modelos de negocio basados en la extracción de datos personales, la proliferación de aplicaciones que resuelven supuestos problemas que muchas veces son directamente inventados… todo eso representa, en su diagnóstico, una forma de decadencia técnica que no está a la altura del potencial real de las tecnologías disponibles.

Pero la solución que proponen los autores no apunta a una democratización de ese poder tecnológico, lógicamente. Apunta a su militarización. El problema que tiene Silicon Valley, dicen, es que ese poder no se pone suficientemente al servicio del Estado de seguridad nacional. No una crítica al capitalismo como tal, sino una disputa interna entre fracciones del capital tecnológico.

Mein Kampf, el nazismo y las similitudes inquietantes

Debo reconocer que nunca leí Mi lucha de Hitler, más que a través de reseñas y críticas, por lo que mi comparación puede ser imprecisa. Pero leer este libro me generó constantemente un pensamiento de estar sintiendo algo parecido a lo que deben haber experimentado quienes leían a Hitler en su momento.

La postulación de una serie de sentidos comunes, la defensa de Occidente, la inmigración como amenaza, para avalar la guerra y la tecnología de destrucción masiva, en nombre de preservar una civilización que se presenta como superior. Eso es lo que atraviesa The Technological Republic.

Dicho esto, el libro no es fascismo consumado. El fascismo histórico de Mussolini y Hitler fue un movimiento contrarrevolucionario que surgió tras la Primera Guerra Mundial con una característica central: la destrucción violenta y total de las organizaciones obreras y populares, apoyada en la movilización de masas pequeñoburguesas como fuerza de choque, y culminando en la dictadura abierta del capital monopolista. Nada de eso está presente en la actualidad, por más que pareciera que a los autores de The Technological Republic les gustara.

Pero hay algo más que una referencia histórica. El propio hilo de Palantir en X que publicó hace unos días y que intenta resumir los 22 puntos del libro incluía afirmaciones como: (“algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas”, dice el hilo de Palantir en X que resume el libro); la crítica al pluralismo presentada no como posición política sino como diagnóstico objetivo (“debemos resistir la tentación superficial de un pluralismo vacío e inconsistente”); la identificación de un enemigo externo (China y Rusia) que exige unidad interna sin disidencia; y la idea, heredada directamente de Thiel, de que “la libertad y la democracia ya no son compatibles”.

La operación ideológica central tiene dos movimientos. Primero, construir un Occidente idealizado, supuestamente liberal, libre, superior, en oposición a un otro bárbaro encarnado en China y Rusia. Segundo, vaciar ese Occidente de todo contenido real en nombre de su defensa. Los derechos democráticos, el pluralismo, la disidencia, los límites al poder estatal, todo eso se vuelve una especie de lujo que la urgencia civilizatoria no puede permitirse. Lo que queda de Occidente es la concentración de poder, la vigilancia, la lógica militar. La paradoja es que para salvar a Occidente del autoritarismo, Karp propone construir un autoritarismo propio.

Esta idea es de fondo la que subyace. Para salvar al capitalismo y a Occidente es necesario concentrar crecientemente el poder en el aparato estatal y para hacer eso es necesario concentrar crecientemente el poder en las “Big Tech”. Pero no en cualquiera, sino en las del tipo Palantir.

La identidad nacional, el antiwokismo y la paradoja China

Uno de los argumentos más interesantes para entender su pensamiento es el que Karp y Zamiska hacen sobre China. El país es presentado como el enemigo principal, el adversario autoritario que puede ganar la carrera de la IA si Occidente no reacciona. Sin embargo, hay un elogio implícito que recorre el texto que es la capacidad de China de movilizar recursos estatales y privados de manera coordinada, sin los “escrúpulos éticos” o los debates internos que frenan a Silicon Valley. El modelo que Karp y Zamiska proponen para Estados Unidos no es el opuesto al chino.

Esta tensión se hace aún más explícita en las declaraciones públicas de Karp. En Davos 2023, le dijo a su audiencia que quería empleados “que deseen estar del lado de Occidente”. Quien no lo esté, tiene “libertad de buscar empleo en otro lugar” [2].

El libro también contiene una crítica explícita a lo que llama la “izquierda woke” o las tendencias que vaciaron de contenido la identidad nacional occidental. La tesis central aquí es que la izquierda cultural cometió un error histórico al destruir los marcos de identidad colectiva sin construir nada sustantivo en su reemplazo. Karp y Zamiska entonces proponen una identidad nacional construida en torno a “enemigos comunes” e “historias comunes”.

El resultado es una cultura en la que quienes son responsables de tomar nuestras decisiones más trascendentales –en numerosos ámbitos públicos, incluidos el gobierno, la industria y el mundo académico– a menudo no están seguros de cuáles son sus propias creencias, o, más fundamentalmente, si tienen alguna creencia firme o auténtica (p. XVI) [3].

China aparece en el libro como enemigo geopolítico, pero al mismo tiempo funciona como una referencia implícita constante ya que Karp y Zamiska ponen ciertos ejemplos como evidencia empírica que un Estado que, al no estar atravesado por el pluralismo cultural occidental, conserva capacidad de acción, cohesión y dirección estratégica. Desde ya que la dimensión “reaccionaria” del libro no está en lo que parece rescatar de China sino en la operación ideológica que realiza [4]. Esta equivalencia, que el hilo de los 22 puntos menciona cuando habla de “resistir el pluralismo vacío”, permite presentar las políticas culturales reaccionarias de la administración Trump como un retorno a la sanidad nacional, más que como lo que son: un ataque a derechos conquistados por décadas de luchas.

Leo Strauss, padre intelectual del neoconservadurismo, aparece en las últimas páginas del libro como referencia final, y no es casual. Con su idea que, la suspensión de las valoraciones morales era necesaria para la producción de conocimiento científico, pero esa innovación sin valores conducía al nihilismo. Los autores citan esto para proponer la idea de innovar sin límites, pero de la mano de valores morales e identidad nacional.

El Proyecto Manhattan, la trascendencia y la IA como religión secular

El libro vuelve una y otra vez, casi obsesivamente a Oppenheimer y al Proyecto Manhattan. Esto no es nuevo. En una reseña al libro Imperio de la IA de Karen Hao también mencionamos esto en Sam Altman. Lo que Karp y Zamiska admiran de ese momento histórico no es principalmente la bomba atómica (aunque tampoco la condena), sino la capacidad de movilización de “talento, recursos y voluntad colectiva” al servicio de un objetivo nacional de máxima prioridad. Por ende, la propuesta central es construir el equivalente para la IA: un “nuevo Proyecto Manhattan” que ponga a las mejores mentes a trabajar en las aplicaciones militares y de seguridad de la inteligencia artificial.

El libro está atravesado por una preocupación con el significado. En varios pasajes habla del fin de la era atómica y el comienzo de la era de la IA, “Esta próxima era de conflictos se ganará o se perderá con el software” (p. 28). Presenta a la IA no solo como una herramienta sino como el horizonte definitorio de la condición humana: “el auge de la inteligencia artificial, que por primera vez en la historia presenta un desafío plausible a nuestra especie por la supremacía creativa en el mundo”.

Este mesianismo tecnológico tiene un linaje filosófico que el libro no explicita pero que lo atraviesa. Nick Land, el filósofo británico que pasó de la teoría crítica al aceleracionismo de derecha (y dijo que se sentía identificado con el libro), postuló que el capital y la tecnología tienen una dinámica propia que trasciende cualquier control humano y que intentar frenarla es una forma de debilidad histórica. Marc Andreessen retomó ese impulso en su Manifiesto Tecnoptimista, donde declaró que la tecnología es “la fuerza más poderosa para el bien que el mundo ha conocido” y que cualquier freno ético o regulatorio es esencialmente una forma de traición al progreso.

Karp se diferencia de ellos en un punto. Como vimos antes, no confía en el mercado solo para conducir ese proceso, necesita al Estado. Pero comparte con ambos la premisa de fondo, que el desarrollo tecnológico es una empresa casi sagrada, que participar en ella es una forma de trascendencia histórica, y que quienes se oponen no tienen argumentos sino miedos. Es esa dimensión cuasi-religiosa mediante la promesa de pertenecer al lado correcto de la historia.

El movimiento que agrega es mostrar que Karp no es un caso aislado sino parte de una familia ideológica, y que su diferencia con Land y Andreessen –la apuesta por el Estado– es lo que lo hace más peligroso, no menos, porque combina el mesianismo tecnológico con el poder coercitivo real.

En ese marco, trabajar en aplicaciones militares de IA además de un negocio, es participar en la empresa más significativa de la historia humana.

“Muchos ingenieros de Silicon Valley siguen oponiéndose a trabajar en proyectos de software que puedan tener aplicaciones militares ofensivas, incluidos los sistemas de aprendizaje automático que permiten la localización y eliminación más sistemática de enemigos en el campo de batalla” (p. 33).

Y su crítica a quienes se niegan, por ejemplo los ingenieros de Google que se opusieron al Proyecto Maven, los empleados de Microsoft que rechazaron el contrato con el ejército, son una y otra vez presentados como individuos que eligen la comodidad moral sobre la responsabilidad histórica.

En 2019, por ejemplo, Microsoft se enfrentó a la oposición interna para aceptar un contrato de defensa con el Ejército de EE. UU. La empresa había sido seleccionada para proporcionar auriculares virtuales a los soldados para la planificación de misiones y el entrenamiento. Sin embargo, un grupo de empleados de Microsoft se opuso y escribió una carta abierta a Satya Nadella, director ejecutivo de la compañía, y a Brad Smith, su presidente. “No firmamos para desarrollar armas”, argumentaron […] En abril de 2018, una protesta de empleados de Google precedió a la decisión de la empresa de no renovar un contrato para trabajar con el Departamento de Defensa de EE. UU. en un proyecto conocido como Proyecto Maven (p. 33).

Esta resistencia, la oposición de los trabajadores y gran parte del pueblo trabajador de conjunto se extendió y hoy representa el principal obstáculo práctico al proyecto que Karp describe.

La batalla ideológica y cultural para construir fuerza moral

El libro es un contragolpe ideológico a una resistencia que Karp conoce bien porque la enfrenta en carne propia y que representa la amenaza más concreta a la viabilidad del proyecto que describe.

Mientras el libro circulaba como bestseller, en Washington, California y Nueva York, activistas y miembros de comunidades migrantes bloqueaban las oficinas de Palantir para denunciar el rol de su software, ImmigrationOS, ELITE, el sistema ICM, en la maquinaria de deportaciones del ICE. Los manifestantes acusaban a la empresa de suministrar inteligencia artificial que facilita el rastreo y la detención de inmigrantes, ciudadanos y activistas.

La presión social logró victorias como cuando el Sistema de Salud Pública de Nueva York, el más grande del país, decidió no renovar su contrato con Palantir en protesta por su colaboración en las deportaciones.

Al mismo tiempo, en el sector tecnológico, trabajadores de Microsoft se organizaron bajo la bandera «No Azure for Apartheid» para denunciar que la infraestructura de nube de la empresa era usada por el ejército israelí en Gaza. Dos empleadas interrumpieron el acto del 50 aniversario de Microsoft, ante la presencia de Bill Gates y el CEO de Microsoft AI, Mustafa Suleyman, denunciando que la empresa vendía armas de IA al ejército israelí y que cincuenta mil personas habían muerto mientras Microsoft potenciaba ese genocidio.

Ambas fueron despedidas. Meses después, trabajadores de Microsoft fueron detenidos tras ocupar la oficina del presidente Brad Smith en Redmond, declarando una “Zona Liberada” y exigiendo que la empresa cortara vínculos con Israel.

Y más recientemente, cuando el Pentágono intentó forzar a Anthropic a eliminar sus restricciones éticas para el uso militar irrestricto de su IA, más de 300 empleados de Google y más de 60 de OpenAI firmaron una carta abierta instando a los líderes de sus empresas a rechazar el uso unilateral de esa tecnología para vigilancia masiva y armamento autónomo.

Esto es exactamente lo que Palantir busca desactivar. La operación ideológica del libro no apunta principalmente a convencer a los Estados ni a los inversores, la mayoría de esos ya están convencidos o directamente comprados. Apunta a dos audiencias que el proyecto de fusión Estado-Big Tech necesita pero no controla todavía y esa es la opinión pública que todavía puede movilizarse contra estas alianzas, y los propios trabajadores tecnológicos, los ingenieros, científicos de datos y desarrolladores sin cuya colaboración ningún sistema de IA funciona.

Para ambos, Karp y Zamiska construyen lo que Clausewitz llamaría una “fuerza moral” un propósito lo suficientemente grande como para vencer la resistencia interna. Ese propósito es la defensa de Occidente, la urgencia civilizatoria, la amenaza china. Quienes se niegan a trabajar en aplicaciones militares son presentados como personas cómodas que eligen la tranquilidad moral sobre la responsabilidad histórica.

De ahí su afirmación que justamente es esta amenaza a la guerra la que permite tener esta paz:

La ironía, por supuesto, reside en que la paz y la libertad de las que disfrutan en Silicon Valley quienes se oponen a colaborar con el ejército estadounidense son posibles gracias a la amenaza creíble del uso de la fuerza por parte de ese mismo ejército (p. 46).

De ahí se entiende la idea de que las protestas en las oficinas de Palantir son el “pluralismo vacío” que hay que resistir. Pero la evidencia de los últimos meses muestra que esa fuerza moral tiene límites. Los trabajadores tecnológicos no son una masa homogénea dispuesta a marchar detrás de ningún manifiesto, y las comunidades que cargan con los costos de estos sistemas no están dispuestas a hacerlo en silencio. Ahí reside la contradicción más profunda del proyecto de Karp: necesita al mismo tiempo concentrar el poder y reclutar voluntades que por el momento parecen no dispuestas a seguir su plan.

¿Qué cosas saqué de este libro?

The Technological Republic expresa el proyecto político de una fracción del capital tecnológico que ha decidido abrazar abiertamente la lógica del Estado de seguridad nacional. Es la idea de una fusión entre las “Big Tech” y el aparato coercitivo del Estado, que en alguna medida importante ya está ocurriendo [5], como respuesta a la crisis de hegemonía del imperialismo estadounidense. No es un fenómeno nuevo, el complejo industrial-militar siempre operó esta lógica, y nunca existió sin el Estado que lo financia, lo regula y le da sus contratos, pero la novedad es que hoy esa fusión se presenta abiertamente como proyecto político, con pretensiones filosóficas, y con un público dispuesto a escucharla.

Lo que el libro da cuenta, más allá de las intenciones de sus autores, es que la burguesía tecnológica ha llegado a una conclusión y es que el mercado solo ya no alcanza para garantizar su dominación. Necesita al Estado, su aparato de seguridad, su capacidad de coacción. Y el Estado, a su vez, necesita a las Big Tech para ejercer formas de control social que las instituciones tradicionales no pueden proveer. La tecnología no es neutral, nunca lo fue, pero lo que Karp y Zamiska proponen es eliminar incluso la pretensión de neutralidad y abrazar abiertamente la lógica del poder.

Que ese proyecto encuentre un público amplio, y que su libro sea bestseller del New York Times, dice algo sobre el momento político en el que estamos. Me refiero a fracción porque tampoco hay que concederle a este grupo de personas más coherencia de la que tienen. MAGA hoy está partido. Karp era crítico y hoy defensor de Trump, aunque más ligado al sector de su vicepresidente JD Vance. Musk, también cercano a este grupo, se fue luego de la aprobación del “Big Beautiful Bill”, el paquete de recortes impositivos y gasto militar impulsado por Trump que, paradójicamente, resultó muy beneficioso para Palantir a través de sus contratos de defensa.

Que la cultura de Silicon Valley sea banal y orientada hacia el consumismo, es verdad. Que existe una carrera tecnológica-militar global con consecuencias geopolíticas profundas, igualmente.

En un escenario de crisis mundial, las respuestas que ofrece el libro que podemos resumir en más integración entre Estado y grandes capitales tecnológicos, más contratos militares, más concentración de decisiones en la élite tecnológica que “entiende” lo que está en juego, son vitales para entender y enfrentar a los adversarios de la clase trabajadora.

La pregunta que el libro no puede responder es: ¿para qué “propósitos generales” servirá la tecnología? ¿A la maximización de la rentabilidad capitalista bajo el mando de la élite empresarial tech, el control social y la vigilancia interna a la vez que sirve para masacrar poblaciones enteras como ya está haciendo Israel, Estados Unidos y también como trae el recuerdo de su tan valorado Proyecto Manhattan? o a un proyecto que busque la socialización y el control colectivo de esos saberes acumulados? Karp responde que servirá a la hegemonía de Occidente, y eso es suficiente. Pero esa respuesta asume que los intereses de Occidente, tal como los definen ellos, coinciden con los intereses de los trabajadores, los migrantes deportados por algoritmos de Palantir y los pueblos oprimidos del mundo que producen los datos y cargan con los costos ambientales del desarrollo de la IA.

Disputar la hegemonía tecnológica es necesario y urgente. Pero esa disputa no puede darse solo entre fracciones del capital, entre el Silicon Valley de las apps y el Silicon Valley militar. Requiere disputar quién controla las decisiones sobre el desarrollo tecnológico y que los trabajadores del sector, los ingenieros, los científicos de datos, los que construyen estas herramientas, tengan poder real sobre para qué se usan y pongan su conocimiento a disposición de lo que la sociedad en su conjunto decida: qué hacer y para qué. Que las comunidades hoy sometidas a la vigilancia algorítmica, las deportaciones y los sistemas de targeting militar no sean objetos de esas decisiones sino parte de quienes las reviertan. No como usuarios o como sujetos de política pública, sino como actores políticos autoorganizados con capacidad de veto y decisión. La tecnología que hoy sirve para masacrar puede servir para otra cosa. Pero eso no ocurrirá como resultado de la buena voluntad de ningún CEO, sino de la organización y la lucha de quienes cargan con los costos de este modelo.

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NOTAS AL PIE

[1] También desarrolla luego que “Había otros mercados de consumo más lucrativos que conquistar. Sin embargo, fue la tolerancia, y quizás cierto gusto por el conflicto, y la tenaz búsqueda de algo, cualquier cosa que funcionara —ese instinto de ingeniería— lo que le dio a Palantir una posición ventajosa” (p. 155).

[2] Para ver más detallado y también apuntando a los líderes: “La reconstrucción de una república tecnológica requerirá, entre otras cosas, la reconstrucción de una sociedad de propietarios, una cultura fundadora que surgió de la tecnología pero que tiene el potencial de transformar el gobierno, donde nadie que no tenga interés en su propio éxito ocupe un puesto de liderazgo” (p. 217).

[3] También a lo largo del libro desarrolla más esa posición. “Nuestras instituciones educativas y la cultura en general han propiciado el surgimiento de una nueva clase de líderes que no son meramente neutrales o agnósticos, sino cuya capacidad para formar sus propias creencias auténticas sobre el mundo se ha visto gravemente mermada” (p. 71).

[4] Por ejemplo empresas chinas de reconocimiento facial han sido acusadas de proporcionar software al gobierno para “rastrear y vigilar a miembros de grupos étnicos minoritarios, incluidos tibetanos y uigures”.

[5] Por ejemplo en junio de 2025: Andrew Bosworth (CTO de Meta), Kevin Weil (jefe de producto de OpenAI), Shyam Sankar (CTO de Palantir) y Bob McGrew (ex-OpenAI y ex-Palantir) juraron como tenientes coroneles del Ejército de reserva en la base Myer-Henderson Hall, en Arlington, en lo que el Pentágono denominó el “Cuerpo Ejecutivo de Innovación”, diseñado para “fusionar los conocimientos tecnológicos más avanzados con la innovación militar”. También el caso de Emil Michael que durante más de dos décadas operó en la intersección entre Silicon Valley y el poder geopolítico estadounidense y es quien hoy conduce la política de IA del Pentágono como subsecretario de Defensa, y quien encabezó el enfrentamiento con Anthropic cuando esta se negó a eliminar sus restricciones éticas.

TOMADO DE https://www.laizquierdadiario.com/Todo-el-poder-a-Palantir-Una-mirada-sobre-el-libro-La-Republica-Tecnologica

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