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Brasil: el Gobierno de Bolsonaro ya no existe, ahora es una junta militar

Lula para principiantes. Por Pablo Gentili

8 de Abril de 2018

Tomado de: «Racismo ambiental»

https://racismoambiental.net.br/2018/04/08/lula-para-principiantes-por-pablo-gentili/

Los habitantes de un país suelen hablar de otro utilizando como referencia la propia historia. Así sucede a veces con los argentinos y Brasil. Aquí el secretario de Clacso ofrece otra mirada, más real y más compleja.

“Brasil no es para principiantes”, sostuvo con su poética despiadada Tom Jobim.

Entender este país exige una inmensa capacidad de imaginación sociológica. El Brasil de hoy conserva sus marcas históricas, la sociogénesis de un pasado que revive día tras día en la prepotencia de sus élites, en la persistencia de sus estructuras esclavistas y en un sistemático desprecio hacia la democracia y hacia los derechos de casi todos sus habitantes, transformados en extranjeros dentro de una nación sin patria.

La historia de Brasil ha sido modelada a golpes y engalanada por narrativas indulgentes que han pretendido explicar lo inexplicable. En definitiva, aunque todo funcione mal, Dios y la alegría son brasileños. ¿Qué más se puede pedir?

Un país cuya independencia fue proclamada por un príncipe, hijo del rey de Portugal, que se consagró emperador “constitucional” y defensor perpetuo del país. Una nación independiente que nació como imperio. Un imperio que permanece hasta hoy gobernado por sus dueños.

Así, la democracia ha sido una excepcionalidad en la historia brasileña. A falta de democracia política y social, Brasil inventó la “democracia racial”, una ficción doctrinaria que bien podría haber servido para construir el imaginario de una sociedad igualitaria, pero que se transformó en el mito que oculta un racismo institucional que transforma a millones de seres humanos en sujetos del desprecio y la exclusión. En la segunda nación con mayor población negra del planeta, la historia la escriben los blancos, el poder y la riqueza la acumulan los blancos, las oportunidades las secuestran siempre los blancos. Los blancos, esos que viven indiferentes ante la violencia y la segregación de los ciudadanos y las ciudadanas silenciados, invisibilizados, abandonados: pobres, negros, campesinos, indígenas, mujeres y niñas violentadas, violadas, seres humanos sin techo, sin tierra, sin nombre, sin derechos.

Brasil, un país continental, repleto de golpes. Y de mentiras. Cuando el régimen militar derrocó al presidente democrático Janio Quadros, en 1964, prometió restablecer el orden institucional en apenas un día. Permaneció en el poder 21 años. El primer editorial de diario O Globo, después del golpe, sentenciaba: “resurge la democracia”.

Y la democracia resurgió, pero dos décadas más tarde, sustentada en una ley del olvido y de la impunidad frente a los crímenes militares. Nadie sería juzgado. Nadie condenado. El poder se delegó en un presidente elegido de forma indirecta, sin el voto popular, que murió antes de asumir el cargo, transfiriendo así el mandato a un cacique inexpresivo y gris, con aspiraciones de poeta mediocre y heredero feudal de una de las regiones más miserables del país. La democracia quiso resurgir, pero no pudo.

Recién en 1989 se realizarían las primeras elecciones presidenciales desde 1960. Durante casi 30 años, Brasil había conseguido vivir al margen de la más diminuta e imperceptible democracia representativa. Sus élites, sin embargo, explicaban que el período de excepción dictatorial había constituido un verdadero “milagro”, y así comenzó a ser llamado el particular proceso por el que una nación que llegó a crecer más de 30% en apenas un año, pudo transformarse al mismo tiempo en una de las sociedades más injustas y desiguales del planeta.

La ruptura

La historia brasileña desde los años 90 es, más o menos, conocida. Fernando Collor derrotó a Lula con el apoyo solidario de la Red Globo. Collor fue destituido y asumió Itamar Franco, que no hizo casi nada, aunque era bonachón y solía fotografiarse cerca de muchachas sin ropa interior, lo que hizo pensar a muchos que se trataba de un buen presidente. A Itamar lo sucedió el príncipe de los sociólogos, Fernando Henrique Cardoso, que también derrotó a Lula y exigió que, quienes conocían su pasado, olvidaran todo lo que había escrito. En 1998, Lula volvió a ser derrotado por Fernando Henrique, que además de avanzar en un plan de privatizaciones, nunca revirtió y, en algunos casos, empeoró las ya deterioradas condiciones de vida de los más pobres. Durante sus dos mandatos, la pobreza creció o se mantuvo estable, alcanzando, en 2002, al 31,8% de la población. Ese año, Lula ganaría finalmente las elecciones presidenciales.

El ocaso del gobierno Cardoso significó el agotamiento o, por lo menos, el profundo deterioro de un modelo de acumulación y dominación que había imperado desde la transición democrática. A pesar de la crisis del régimen, las élites brasileñas confiaban en que Lula no significaría una amenaza a sus intereses corruptos y mezquinos. Razones tenían. El ex líder metalúrgico, había escrito una carta al pueblo brasileño en la que prometía no amenazar la riqueza y las propiedades de los más ricos, sino desarrollar un programa de inclusión social que sería beneficioso para el país. Si le creyeron porque no les quedaba otro remedio o porque confiaron en que, finalmente, lo habían derrotado, no podremos saberlo. Lo que sí sabemos es que el ex líder metalúrgico no mintió y desarrolló un inédito programa de reformas sociales cuyos resultados fueron excepcionales.

La pobreza bajó significativamente, reduciéndose en 12 años más del 73%. La llamada pobreza crónica pasó del casi el 10% al 1%. Todos los sectores sociales aumentaron sus niveles de ingreso. Los más ricos, por ejemplo, 23%. Pero los más pobres, 84%. Brasil dejó de ocupar el humillante mapa del hambre de la FAO, ampliando oportunidades y condiciones de bienestar hasta entonces inimaginables entre los sectores más pobres del país.

Pero los grandes indicadores sociales, educativos y económicos, en definitiva, el excelente desempeño de su gobierno, no fue lo que dotó a Lula de inmenso reconocimiento y aprobación. Lo que lo transformó en un verdadero mito, en una personalidad de culto y admiración por parte de los sectores populares, fue el carácter fundacional que adquirió su mandato. Los pobres pueden no codificar la sociología o la economía con los encriptados códigos teóricos de los intelectuales, pero no por eso son menos sutiles y perspicaces a la hora de comprender su propia realidad social.

Los pobres saben, por ejemplo, que el ingreso tiene que ver con sus capacidades y oportunidades de bienestar. Así, operacionalizan esta evidencia en indicadores muy concretos, por ejemplo, tener o no acceso a mayores y mejores niveles educativos, tener posibilidades de acceso al crédito que permite comprar una casa propia o algunos bienes de consumo básicos, tener energía eléctrica, cloacas, agua potable y, cuando exageran en sus aspiraciones de bienestar, poder viajar a visitar sus seres queridos en avión.

Todo esto, que constituye un inventario de derechos y oportunidades básicas en cualquier república moderna, nunca había estado al alcance de millones de brasileños y brasileñas. El gobierno de Lula, y posteriormente el de Dilma, ofrecieron, por primera vez, la oportunidad efectiva de sentirse ciudadanos y ciudadanas a un inmenso contingente de personas que habían sido despreciados, descartados y humillados por unas élites que fingían desconocer su existencia como sujetos de derechos o como simples seres humanos con necesidades elementales nunca satisfechas.

Lula vino a reparar esta injusticia histórica. Y lo hizo con una enorme capacidad de gestión y ejerciendo un fuerte liderazgo político, dentro y fuera del país.

La avasalladora fuerza de Lula tomó de sorpresa a unas élites indolentes e ignorantes que suponían que un obrero metalúrgico sin instrucción universitaria fracasaría en su afán de dirigir los destinos de la décima potencia económica del planeta.

En una década, Lula y Dilma, redujeron en 53% el déficit de acceso a la vivienda digna. Construyeron más de 1 millón 700 mil casas populares, universalizaron el acceso a la energía eléctrica (en un país con una inmensa desigualdad energética), redujeron significativamente el porcentaje de domicilios con acceso a agua, duplicaron la matrícula universitaria, construyeron más universidades y escuelas técnicas que en toda la historia del país hasta el 2002. Todas estas políticas fueron el resultado de poner a los pobres en el centro del presupuesto nacional, beneficiaron especialmente a la población rural, a las mujeres, los jóvenes, las comunidades indígenas y la población negra.

Si quisiéramos entender Brasil con ojos argentinos, aunque con enormes diferencias y especificidades históricas, deberíamos pensar que Lula cumple un papel mucho más cercano al que Perón ejerció desde 1946, que al de Néstor Kirchner desde el 2003, ante la crisis del 2001. El presidente Kirchner tuvo un papel excepcional en fundar las bases de una república construida sobre los pilares de la igualdad, los derechos humanos y la justicia social. Lo hizo con una gran capacidad de gestión, gobernando un país en ruinas, pero teniendo como referencia un imaginario y una historia que pretendía ser recuperada o refundada.

Lula no. Lula es el fundador. El gran arquitecto democrático de un Brasil, que nunca existió.

La poderosa y contundente consigna de que “la patria es el otro”, es la emotiva síntesis de una década de realizaciones que hemos conquistado colectivamente. La síntesis que gana sentido y referencialidad en un pasado común y se encarna de manera viva en la necesidad de construir un nuevo presente. Es el pasado que se proyecta y se espeja en nuestros grandes líderes democráticos históricos (Yrigoyen, Perón, Evita, Cámpora, Alfonsín), así como en las víctimas de la dictadura y en nuestras heroicas madres y abuelas. Es el futuro posible, ante la existencia de un pasado real.

Más tarde

Brasil no tuvo ese pasado. Ni ningún otro comparable. Medio siglo más tarde que la Argentina, Brasil cumplió el mandato que muchas veces les ha cabido en América Latina a los gobiernos populares: ser las administraciones que instalan, construyen y defienden un orden republicano, modernizador y democrático, frente a la barbarie predatoria que imponen unas élites del atraso que siempre parecen tener nostalgia de la Edad Media.

Lula funda el Brasil republicano. Es el líder que no está dispuesto a aceptar que no haya espacio para todos y todas en un país de iguales. Y el que, sin tapujos ni remordimientos hipócritas, no tiene miedo de decir que aspira a que todos vivan mejor, que los pobres puedan comer bien, vivir bien, tener sus hijos en las universidades, ser propietarios de las casas en las que viven. Lula no aspira a ser un hippie con onda, predicando una crítica desenfocada a los bienes de consumo. Porque sabe que de ellos depende la posibilidad de hacer de la vida digna una oportunidad efectiva y no una falsa promesa.

¿Por qué el juez Moro encarcela a Lula sin otra prueba que su propia convicción? Porque ha sido la estrategia que el poder financiero (improductivo y predatorio), el gran monopolio comunicacional que es la Red Globo, y sectores políticos conservadores (entre ellos, el del ex presidente Fernando Henrique Cardoso) han encontrado para acabar con lo que creen ser un antecedente inaceptable para ese Brasil egoísta y mezquino cuyos privilegios siempre han preservado. No aceptan que Lula vuelva al poder. Creyeron que el golpe contra Dilma Rousseff lo hundiría. Se equivocaron. Ahora creen que, encarcelándolo, podrán silenciarlo. También se equivocan.

Quieren acabar con ese metalúrgico porfiado y persistente que parece no estar dispuesto nunca a rendirse y entregar las armas de la dignidad, la confianza en la política y la certeza en el valor de las movilizaciones populares. Pero también quieren acabar con todos los Lulas que están por venir. Quieren acabar con lo que consideran un virus fatal contra sus privilegios y su impunidad corrupta: la posibilidad de que muchos y muchas puedan pensar que, si alguna vez un metalúrgico sin escuela, nordestino y pobre, pudo gobernar el país, otros y otras como él podrán hacerlo.

Están encarcelando a Lula, encarcelan una idea. Aspiran a encarcelar el futuro. No podrán. No habrá espacio en las cárceles para esa multitud de hombres y mujeres libres, que seguirán luchando por la construcción de un futuro que les pertenece y nadie podrá robarles.

* Secretario ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.

Enviada para Combate Racismo Ambiental por Agata Crocco.

Foto: G1/Reprodução

 

Huelga general en Brasil

https://videos.telesurtv.net/video/656944/denuncian-represion-policial-en-brasil-durante-huelga-general/

SIGUEN PROTESTAS EN BRASIL CONTRA LOS GOLPISTAS

La destitución de Dilma Rousseff – la clase dominante brasileña en pie de guerra

El Senado de Brasil acaba de votar por una mayoría de 55 votos a 22 destituir a la Presidenta Dilma Rousseff. Michel Temer, el vicepresidente y miembro del partido burgués PMDB, está haciendo ahora los preparativos para formar un nuevo gobierno de la derecha. Esto marca el final de un largo período de relativa estabilidad política en Brasil. La economía está en su peor recesión desde la década de 1930. Es en este contexto que podemos entender los recientes cambios y giros dramáticos en la situación política.

Los marxistas nos oponemos totalmente a la destitución de Dilma, puesto que comprendemos muy bien las fuerzas de clase que están detrás de esto y por qué lo están haciendo. Sin embargo, nuestra oposición a la destitución de ninguna manera implica el apoyo al gobierno de coalición de Dilma con partidos burgueses o a sus medidas de austeridad contra la clase obrera.

Hay dos factores importantes que han llevado a la gran mayoría de los políticos burgueses en Brasil a actuar para remover a Dilma, uno es la grave crisis económica que enguye a Brasil y el otro es la investigación en curso por corrupción sobre el 60% de los actuales diputados en el Congreso, el Parlamento brasileño. Al destituir a Dilma y llevarla a juicio, esperan enterrar las investigaciones y escapar de ser llevados ellos mismos a juicio. Pero primero vamos a esbozar la crisis económica.

La crisis económica

Brasil no se vio afectado de la misma manera que Europa o América del Norte por la crisis de 2007-08. En 2008, el crecimiento fue del 5,1%, que se desaceleró bruscamente hasta el -0,1% en 2009, y luego se recuperó de manera significativa al 7,5% en 2010. Esto siguió a los acontecimientos en China, donde en 2009 se produjo una desaceleración significativa en la tasa de crecimiento, pero después sobre la base de un programa de gasto público masivo y un gran bombeo de crédito, la economía china se recuperó muy rápidamente. Esto tuvo el efecto de amortiguar en muchas partes de la economía mundial las secuelas de las crisis europeas y norteamericanas. Esto explica el crecimiento continuado en muchos países latinoamericanos, especialmente Brasil, que estaban operando a gran escala con China.

Hasta hace poco Brasil estaba en auge, con una tasa media de crecimiento anual del PIB del 3,5 por ciento entre 2000 y 2013, con su punto más alto del 7,5 por ciento en 2010. Todo esto terminó en 2013, cuando la economía brasileña se paró súbitamente con un crecimiento de sólo el 0,1%, seguido de una caída del 3,8% el año pasado, a la espera de que se produzca una nueva caída del 3,5% en 2016.

En septiembre del año pasado la deuda de Brasil fue rebajada al nivel de basura por Standard & Poor, aumentando los temores de que Brasil no pudiera pagar. En respuesta a esto, el gobierno anunció un nuevo paquete de austeridad con recortes del gasto público de 17 mil millones de dólares, por encima de lo que ya había anunciado a principios de año. En estas condiciones, el real se devaluó un 30% frente al dólar, alimentando la inflación que se disparó al 7,4%. Esto ha estado comiéndose el poder adquisitivo real de los trabajadores. Este alto nivel de la inflación significa que el banco central no puede disminuir el tipo de interés, que es lo que las empresas requerirían para facilitar los préstamos y la inversión. De hecho, la inversión ha estado cayendo a lo largo de este período. Por lo tanto, la única respuesta que podía llegar del gobierno era recortar masivamente el gasto público y aumentar los impuestos, agravando aún más la desaceleración económica.

Mientras que la economía estaba en auge, el gobierno del PT podía hacer algunas concesiones, como también los patrones. El auge permitió a los líderes sindicales un cierto margen de maniobra en la medida que los patrones podían permitirse el lujo de hacer concesiones más grandes de lo que de otro modo habrían podido afrontar. Con una economía en expansión y con el PT en el gobierno se podían alcanzar acuerdos con los sindicatos, y la derecha podía tolerar al gobierno, al cual, sin embargo, nunca consideraron como propio.

El cambio en la situación económica ha sido dramático. En la región de Sao Paulo solo, un área con 40 millones de habitantes, más de 4.000 fábricas han cerrado desde que esta crisis estalló, con el anuncio diario de cierres de fábricas. El desempleo oficial a principios del año 2014 era del 4,8%, pero ahora se ha disparado hasta el 10,9% (marzo de 2016) y se espera que siga aumentando a más del 11% en junio de este año.

Impactos de la desaceleración de China en Brasil

La conexión de la economía brasileña con China ha sido como una espada de doble filo. Por un lado, las exportaciones brasileñas a una China en auge, además de la inversión china en Brasil, fueron los principales factores que contribuyen al crecimiento de Brasil. Pero la otra cara de esto era también una apertura del mercado brasileño a los productos chinos más baratos y competitivos. La penetración de los productos chinos en el mercado brasileño creció significativamente desde mediados de la década de 2000 en adelante, y en algunos sectores esto ha llevado al cierre de muchos productores nacionales con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo.

China también ha estado desplazando a los productores brasileños de sus mercados tradicionales de América Latina como Argentina y Chile. Esto ha afectado a una amplia gama de industrias y no sólo de baja tecnología o de productos de mano de obra intensiva, sino también a sectores de alta tecnología, tales como productos electrónicos, teléfonos móviles, etc.

«La Confederación Nacional de la Industria [la organización patronal de Brasil] informa de que más de un cuarto de las empresas brasileñas se enfrentan a la competencia de los productos chinos en el mercado nacional, y que esta proporción se eleva a más del 40% en las grandes empresas. Más de la mitad de los exportadores brasileños compiten con los productos chinos en sus mercados de exportación». (La manufactura brasileña frente a la competencia china).

En los períodos de expansión, incluso los países con un menor nivel de productividad del trabajo podían encontrar un hueco en el mercado mundial para sus exportaciones, pero en el período de severa disminución mundial, los más aptos sobreviven y los otros se hunden. China en 2014 tuvo una tasa de crecimiento en la productividad del 7 por ciento – fue del 9,5 por ciento promedio entre 2007-2012 – Brasil, mientras, sólo alcanzó el 0,3% en 2014, por debajo del 1,8 por ciento de 2013. [Fuente: Productivity Brief 2015]

Esto plantea un gran dilema a la burguesía brasileña. Si han de permanecer en el mercado mundial como exportadores de productos industriales tienen que recortar el coste de producción. Para que los capitalistas brasileños sean más competitivos en el mercado mundial necesitan aumentar la productividad mediante una mayor inversión y las denominadas «reformas», como The Economist ha planteado: «reformas económicas muy necesarias», lo que quiere decir la destrucción de las conquistas de la clase trabajadora brasileña ganadas en décadas de lucha.

La tasa de inversión de China el año pasado – a pesar de que comenzó a caer – fue de alrededor del 46% del PIB, mientras que en Brasil fue inferior al 20%. Esto revela la debilidad de la burguesía brasileña en relación con los chinos. A este ritmo, la diferencia de productividad entre los dos países aumentará aún más, lo que agrava los problemas de los capitalistas brasileños.

El problema es que en condiciones de mercados a la baja, es decir, de caída de las ventas, el incentivo para invertir es aún más débil. Por lo tanto, la burguesía brasileña se ve obligada a descargar el peso de la crisis sobre los hombros de la clase obrera brasileña, lo que significa ataques contra los salarios, las condiciones, jornada, etc., así como un ataque contra el «salario social», con los recortes del gasto en salud, pensiones y educación. En efecto, esto significa exprimir más aún a la clase obrera, con la extracción de más plusvalía, con una transferencia de riqueza de los trabajadores a los capitalistas.

Este es un elemento importante en la comprensión del procedimiento del juicio político y destitución de Roussef. Teniendo en cuenta lo que las condiciones del mercado mundial imponen a los capitalistas brasileños, requieren un gobierno de derechas de línea dura, que elimine las sutilezas en la negociación con los sindicatos. Los burgueses están en pie de guerra contra los trabajadores de Brasil. Ellos tienen la intención de quitarles todo lo que han concedido en el pasado. Esto abre un período de lucha de clases renovada e intensa en Brasil.

Enterrando las investigaciones sobre corrupción

Dilma y TemerComo señalamos anteriormente, la crisis económica, sin embargo, no es la única razón que ha empujado a los políticos burgueses brasileños a moverse rápidamente para eliminar al PT del gobierno. Hay otra muy buena razón: la mayoría de ellos están bajo investigación por una forma de corrupción u otra en las famosas investigaciones Lava Coches (Lava Jato) del Tribunal Supremo.

Eduardo Cunha, un diputado del PMDB y presidente del Parlamento, después de enfrentarse a las investigaciones por corrupción, junto con muchos otros parlamentarios, había pedido al gobierno que pusiera fin a las investigaciones, pero Dilma no podía hacer esto, ya que se habría expuesto totalmente a los ojos de su propia base electoral. Cunha no se lo puso más fácil a Dilma con sus constantes arrebatos reaccionarios, como por ejemplo sus declaraciones homófobas sobre los homosexuales que son parte de la «obra del diablo». De hecho, es un evangelista reaccionario extremo. Fue debido a la negativa de Dilma a poner fin a las investigaciones en curso contra los parlamentarios corruptos que éstos reaccionarios decidiendo actuar contra ella.

La argumentación de los líderes del PT fue que se estaba preparando un «golpe», para terminar con la democracia, y que todos debían unirse contra el «fascismo», y en contra de un retorno de la dictadura. El proceso de destitución de Dilma no era un «golpe de Estado», como algunos han afirmado. Esto no era más que un intento de la dirección del PT de reunir apoyo para el gobierno de dentro del movimiento obrero. No hay fascismo aquí ni fin inminente de la democracia burguesa. Es una maniobra dentro de las instituciones del estado burgués, que es vista por las masas como antidemocrática. Es una acción de la burguesía para liberarse del gobierno del PT en un momento en el que pensaban que el colapso del apoyo popular a Dilma haría esto más fácil.

En realidad, el llamamiento a la unidad contra el fascismo fue un intento de agrupar fuerzas alrededor del gobierno de Dilma para permitirle continuar con sus medidas de austeridad contra la clase trabajadora, un programa por el que ella no fue elegida. Ella se presentó con un programa y una vez elegida llevó a cabo exactamente lo contrario. Esto expone la farsa de la democracia burguesa: se puede prometer una cosa y luego hacer lo contrario después de ser elegido, y las masas no tienen manera de controlar al gobierno.

Esto explica por qué las masas no estaban con Dilma. El 18 de marzo hubo hasta 400.000 en las calles de Sao Paulo contra el llamado «golpe de Estado», en contra del proceso de destitución de Dilma, pero esas mismas masas no estaban apoyando al gobierno. El 18 de marzo fue una reacción contra la movilización del 13 de marzo de la derecha a favor de la destitución. Fue una contra-revolución en las calles que provocó las fuerzas de la revolución. El movimiento contra la destitución refleja un odio ardiente de los trabajadores y los pobres hacia la derecha, que ha estado provocándoles constantemente.

La derecha tenía de su parte los «tecnicismos» legales para proceder al juicio político. El año pasado Cunha, utilizando su posición como presidente del Congreso, pidió al Tribunal de Cuentas de Brasil que investigara si Dilma había «mentido» sobre el déficit presupuestario de 2014, y si ella había usado dinero de los bancos estatales para cubrir el déficit, ocultando de este modo lo grande que era éste en realidad.

Esta es la razón por la que los partidos burgueses estaban enojados. Al jugar con las cifras de déficit, Dilma pudo presentar la economía en un estado más saludable de lo que realmente estaba, y ella usó esto en la campaña electoral de 2014 para derrotar por poco al candidato presidencial de la derecha, Aecio Neves.

El Tribunal de Cuentas declaró que Dilma de hecho había «mentido», y esto dio al Congreso la excusa técnica que permitió iniciar el proceso de destitución. Curiosamente, el Tribunal Supremo está investigando si Dilma cobró en realidad sobornos de Petrobras, la gran empresa estatal de petróleo, para financiar su campaña electoral, pero sólo dará a conocer los resultados a finales de este año. Este sería un problema mucho más serio que maquillar las cuentas del déficit, pero no ha sido utilizado en el proceso de destitución. Se podría especular la razón de esto en el hecho de que la gran mayoría de los diputados que votaron por el juicio político están ellos mismos implicados en este mismo tipo de corrupción, así que ¿para qué levantar la tapa de este pozo negro que podría también llamar la atención sobre todos los demás casos similares que implican a todos estos parlamentarios?

La ironía de esta situación es que el PMDB, el partido de Temer, fue el mayor aliado del gobierno de Dilma hasta ahora. Cunha es también del PMDB. Este partido fue presentado por los líderes del PT como un partido «progresista» en el que los trabajadores podían confiar. Esto demuestra que los burgueses han decidido que ya no  necesitan los servicios de los líderes del PT, y ahora que se han vuelto impopulares los están echando del gobierno.

El punto es que ellos podían haber encontrado un detalle técnico como éste para proceder contra Dilma hace mucho tiempo. Así ¿por qué precisamente ahora todos los partidos burgueses, tanto los que estaban en el gobierno como en la oposición, han decidido avanzar en esta dirección? Hay dos razones muy buenas. Una de ellas es la reciente desaceleración económica en Brasil y la otra es para encubrir un escándalo de corrupción mucho mayor y más importante que implica a un 60% de los actuales parlamentarios que se sientan en el Congreso.

Por lo tanto, como Dilma no quiso entrar en su juego de encubrir las investigaciones de corrupción en su contra, se han movido por muy buenas razones personales, para salvar sus propias carreras políticas, en un intento de forzar un acuerdo que finalmente entierre toda la investigación.

La creciente impopularidad de Dilma y Lula

Lo que ha incrementado la determinación de la derecha para eliminar a Dilma ha sido su gran colapso de apoyo popular, que, irónicamente, se debe a su intento de satisfacer las demandas de los patrones mediante la imposición de la austeridad.

En su campaña electoral de 2014, Dilma, con la ayuda de Lula, había virado a la izquierda, vistiendo camisetas rojas, y levantando una retórica izquierdista contra la derecha. Para ganar la segunda vuelta en octubre de 2014, la dirección del PT presentó una cara de izquierdas, saliendo contra las privatizaciones, etc. Afirmaron que los puestos de trabajo, los salarios y las prestaciones sociales estaban bajo amenaza si la derecha ganaba las elecciones.

Pero una vez elegida – con una ligera mayoría – Dilma se movió muy rápidamente para aplicar la austeridad y llevó a cabo precisamente ¡lo que había advertido que haría la derecha! Dilma comenzó a aplicar el programa de la burguesía. Ella sentó a representantes directos de la burguesía en el gobierno, tales como Levi, un director de banco.

La destitución, por tanto, no es un movimiento en contra de «un gobierno de izquierdas», que está actuando en interés de la clase obrera. Dilma ya estaba llevando a cabo una política de austeridad. El año pasado ella explicó la necesidad de que todos tenían que apretarse el cinturón. El déficit presupuestario alcanzó el 6,75% del PIB, duplicando el del año anterior, y ella explicó la necesidad de recortes en el gasto público y que: «hay que dividir parte de este esfuerzo entre todos los sectores de la sociedad.» En realidad, esto significaba que pagaran los trabajadores y los pobres.

Tan sólo a las dos semanas de ser elegida – en octubre de 2014 – ella dió un giro de 180 grados y el apoyo popular al gobierno colapsó. De acuerdo con la agencia de sondeos Datafolha, el índice de aprobación de Dilma se redujo del 42% en diciembre de 2014 al 23% en marzo de 2015, y el índice de popularidad más reciente (marzo de este año) la puso en un mero 11%.

Mientras Dilma estaba anunciando la necesidad de más austeridad, un juez del Tribunal Supremo publicó los nombres de los políticos que podrían investigarse en relación con una trama de soborno enorme en Petrobras (Lava Jato), incluyendo muchos diputados y senadores, la mayoría de ellos relacionados con las autoridades. Esto también involucró directamente a Lula, que fue sorprendido en casos de corrupción.

La verdad es que no había caso legal real contra Lula en términos de su participación directa en la corrupción, pero un juez se dirigió a la prensa, hizo declaraciones sobre el caso, y también hubo altos directivos y otros jefes importantes de la compañía detenidos, y luego se les ofreció un trato en el que si colaboraban – es decir, si acusaban a las personas adecuadas – obtendrían sentencias menores. Así que hicieron confesiones que involucraban a Lula. Fue un escándalo absoluto en términos de procedimiento legal, incluso desde un punto de vista burgués.

Así, en marzo de este año, Lula fue detenido de manera teatral para ser interrogado en lugar de ser convocado al despacho del juez, lo que habría sido el procedimiento usual. Sin embargo, Lula había sondeado ser nombrado ministro por Dilma como medio legal de evitar la investigación. Esto dio la impresión de que tenía algo que ocultar y que estaba usando esto como una estratagema para escapar de la justicia.

Vale la pena señalar, sin embargo, si ha aceptado sobornos directamente o no, que desde que Lula dejó el cargo en 2011 ha conseguido por lo menos 20 millones de dólares en «pagos por realizar conferencias», de la misma manera que Bill Clinton y Tony Blair, que, una vez fuera del gobierno, dieron la vuelta al mundo dando discursos a cambio de cientos de miles de dólares en honorarios. Este es un medio «legal» por el cual la burguesía paga los servicios prestados por estos políticos. Esto significa que Lula ha acumulado gran riqueza personal a espaldas del movimiento de los trabajadores brasileños que construyeron el PT desde la nada a través de un poderoso movimiento de los trabajadores del metal a finales de los 70. En estas condiciones, la popularidad de Lula también se vio mermada, aunque ahora que la derecha ha maniobrado tan abiertamente en contra del PT, Lula podría ser utilizado de nuevo en una etapa posterior, para ser usado en el futuro como un intento de calmar el movimiento de revuelta que surja desde abajo.

Antecedentes del escenario actual

Este es el trasfondo del proceso de destitución. Fue en condiciones de una fuerte desaceleración económica repentina y la caída de popularidad de Dilma, a principios de 2015, que comenzó el impulso del juicio político. Esto fue sólo unos meses después de su victoria electoral. La primera indicación de cómo iban a ser las cosas para Dilma llegó el 1 de febrero del año pasado, cuando Eduardo Cunha derrotó al candidato del PT para la presidencia del Congreso.

Esto era todavía en las primeras etapas y el principal partido burgués, el PSDB aún no estaba en campaña para la destitución. Su posición era desgastar a Dilma para las elecciones de 2018 y luego ir a por una victoria electoral de la derecha, lo que habría legitimado en términos parlamentarios la formación de un gobierno de la derecha. Estaban pensando en un escenario venezolano, donde finalmente la derecha podría «legítimamente» ganar las elecciones.

Esto estaba en línea con la posición de las potencias imperialistas y también reflejaba los puntos de vista del sector más inteligente y previsor de la burguesía brasileña. Los imperialistas estaban preocupados porque la acusación pudiera desencadenar fuerzas desde abajo. Esto ha sido confirmado por los movimientos estudiantiles generalizados que han tenido lugar antes, durante y después de la votación del 17 de abril en el Congreso que aprobó la destitución, antes de pasar al Senado. Ha habido protestas en Sao Paulo de hasta 20.000 estudiantes y en Río de Janeiro 100 escuelas fueron ocupadas por estudiantes, profesores y padres. En Sao Paulo durante las manifestaciones se lanzaron huevos al gobernador Geraldo Alckmin del PSDB, un individuo que también está conectado con el archirreaccionario Opus Dei.

En el período entre abril y septiembre del año pasado, los propietarios de los bancos estaban también contra el juicio político, al igual que los industriales en ciudades importantes como Sao Paulo y Río de Janeiro, al considerarlo «irresponsable». Sin embargo, las cosas cambiaron muy rápidamente ya que la crisis económica de Brasil empeoró, lo que obligó a los patrones a prepararse para una ofensiva seria contra la clase obrera.

El hecho es que la burguesía brasileña había perdido el control de sus propios representantes políticos parlamentarios y de sus partidos. Pero con el tiempo la burguesía brasileña también se vio obligada a deslizarse por la vía de la destitución, aunque los imperialistas a través de sus voceros como el Financial Times, The Washington Post etc. siguieron oponiéndose al juicio político y eran muy críticos con los políticos brasileños. Ellos ven el juicio político y la eliminación del actual gobierno como una provocación a las masas, la eliminación de cualquier legitimidad de cualquier gobierno futuro de la derecha, que podría provocar un auge de las fuerzas desde abajo.

Mientras tanto, la crisis económica continuó empeorando, y la derecha salió a culpar a Dilma. Se trata de la peor recesión en Brasil desde la década de 1930. Esto fortaleció aún más su decisión de ir al juicio político. Cada vez son más los políticos de derecha que comenzaron a presionar a favor del juicio político, por ejemplo, Aecio Neves, el candidato del PSDB en las elecciones presidenciales de 2014.

A mediados de 2015, comenzaron a ser promovidas las protestas callejeras organizadas por la derecha, a través de su control de los medios de comunicación. Se orquestó una campaña por los grandes medios de comunicación sobre la «corrupción» y luego los parlamentarios del PSDB también comenzaron a cambiar a favor del juicio político, y en septiembre / octubre el conjunto del partido ya se había desplazado totalmente a favor de esto. Así pues, el proceso oficial del juicio político se inició en diciembre de 2015.

Es importante plantear la pregunta: ¿qué capas de la sociedad están apoyando el juicio político? Los de las manifestaciones a favor de la acusación eran principalmente la base de los partidos de la derecha, capas de la clase media, elementos de extrema derecha, etc. La composición social de las manifestaciones de la derecha se destacaba por las encuestas realizadas, que revelaban que menos del 5% de los participantes ganaban menos de cinco veces el salario mínimo.

El estado de ánimo entre la clase obrera, por el contrario, fue revelado en San Bernardo, un bastión industrial metalúrgico tradicional, donde están las plantas de Volkswagen, Ford, General Motors, Fiat, entre otras. En las asambleas de los trabajadores fueron sometidas a votación dos resoluciones: una contra el juicio político y la pérdida de derechos democráticos, que obtuvo el apoyo unánime, y otra en defensa del gobierno Dilma, que fue bastante abucheada y silbada. Ni una sola asamblea de fábrica salió en apoyo del gobierno. Esto confirma la exactitud de la posición de los marxistas de la Esquerda Marxista en su oposición al juicio político pese a no dar ningún apoyo al gobierno.

Esta postura de los trabajadores se explica fácilmente si se recuerda que Dilma había estado recortando la prestación por desempleo, atacando las pensiones – incrementando el número de años que un trabajador tiene que trabajar con el fin de tener derecho a una pensión – y recortando en la seguridad social y el sistema de salud.

Se inicia la destitución

El 17 de abril, el Congreso votó por una gran mayoría destituir a la presidenta en ejercicio, Dilma Rousseff. Los procedimientos fueron orquestados por Eduardo Cunha, el Presidente del Congreso, un político extremadamente corrupto. Los fiscales que llevan la investigación de Lava Jato, afirmaron que tenían pruebas de que Cunha poseía cuentas bancarias secretas en Suiza para esconder grandes sumas de dinero que había recibido de sobornos.

No mucho tiempo después de la votación para destituir a Dilma en el Congreso, el 4 de mayo, el Tribunal Supremo de Brasil suspendió a Cunha de su cargo para que fuera acusado de «corrupción, intimidación a los legisladores, obstrucción a la justicia y abuso de poder». Lo que es de notar aquí es el papel del poder judicial a lo largo de todo este proceso. Podrían haber removido a Cunha hace mucho tiempo, pero decidieron dejarlo en su lugar hasta que hubiera impulsado el juicio político en el Congreso.

A continuación, Cunha fue sustituido por el Vicepresidente de la cámara Waldir Maranhão, que también está siendo investigado por el Tribunal Supremo por lavado de dinero y aceptar sobornos, y por estar involucrado en el escándalo de Petrobras. Maranhão pertenece a esa minoría de políticos burgueses que estaba en contra del juicio político. Había ignorado la línea de su propio partido cuando votó el 17 de abril contra el juicio político. Esto pone de relieve las divisiones que existen dentro de la clase dirigente de Brasil.

El lunes, 9 de mayo, Maranhão anunció la anulación de la destitución del 17 de abril aprobada por el Congreso, argumentando que había habido irregularidades durante el procedimiento de votación. Esto provocó el pánico en los mercados de Brasil, con el real cayendo un 4,6% en el día, y el índice bursátil de referencia Ibovespa cayendo hasta un 3,5%. Esto reveló que los inversores – o más bien los especuladores – quieren ver al PT fuera del gobierno tan pronto como sea humanamente posible, y que cualquier retraso en el proceso de juicio político podría poner esto en peligro. Los medios brasileños empezaron a decir que Maranhão había sido presionado por su Partido Progresista, de centro-derecha, alegando que habían amenazado con expulsarlo si no revocaba la anulación de la votación del lunes 17 de abril. Maranhao luego hizo otro giro y revocó la anulación previa, ¡todo sin explicar por qué!

En un intento de último minuto para evitar el juicio político, Dilma se dirigió a la Corte Suprema el martes – de nuevo tratando de involucrar al Poder Judicial – instándola a bloquear la votación programada en el Senado, pero aunque el Fiscal General había pedido a la Corte que anulara el juicio político, ésta se negó a hacerlo y confirmó los procedimientos parlamentarios, dejando el camino abierto para la destitución.

Dilma ahora será suspendida como Presidenta mientras que su Vice-Presidente Michel Temer asumirá el cargo de presidente, que también designará a su propio gobierno. Las encuestas de opinión han mostrado que si Michel Temer llegara a presentarse a las elecciones sólo el 2% de la población votaría por él. Es un hombre de los súper-ricos y es odiado por las masas de trabajadores y pobres de Brasil. La eliminación de Dilma, a pesar de su impopularidad, será vista como totalmente ilegítima, y cualquier gobierno dirigido por Temer será visto carente del mandato democrático del pueblo.

Esta es una situación muy peligrosa para la burguesía, y explica también sus divisiones. La situación económica requiere medidas de austeridad estrictas, mucho peores que cualquier cosa que se haya aplicado hasta el momento. En una situación de este tipo se requiere un gobierno con autoridad para que proceda sin desatar un conflicto de clases desde abajo. La ventaja del PT en el gobierno era su capacidad para contener a la clase obrera, pero en los últimos tiempos había perdido la autoridad que tenía en las capas más extensas de los trabajadores y los pobres. Tener un gobierno que es percibido por las masas trabajadoras y pobres como ilegítimo hará que sea mucho más difícil para la clase dominante actuar a su antojo.

Esto explica también el conflicto entre un sector de la clase dominante brasileña y la burguesía imperialista que ha estado consistentemente en contra de la destitución. Los imperialistas entienden las poderosas fuerzas que podrían desencadenarse desde abajo, de los trabajadores, los jóvenes, los desempleados, los sin techo, los sin tierra, una vez que perciban que el gobierno de turno no sea «legítimo». Esto también pone de relieve el hecho de que mientras que Brasil sigue siendo una economía dominada por las grandes potencias imperialistas, también tiene una burguesía local – aunque muy corrupta – que tiene sus propios intereses particulares. Y este conflicto de intereses es un elemento importante en la comprensión de la política brasileña en la actualidad.

Algo se mueve a la izquierda

Así que lo que tenemos es un PT en declive desde ha tiempo, como revelan los índices de popularidad. Muchos trabajadores y jóvenes están disgustados por lo que ha hecho en el gobierno. El partido que iba a defenderlos se ha vuelto contra su propia base social. Esto explica la debilidad actual del PT tanto en términos de sus militantes activos como en su apoyo más amplio dentro de la clase obrera.

La tragedia de todo esto es también que los dirigentes de la central sindical CUT no han movilizado a los trabajadores. Ellos han estado colaborando con el gobierno. La votación del Congreso para destituir a Dilma en abril los empujó – junto con los líderes del PT – a plantear la idea de organizar asambleas de trabajadores el Primero de Mayo, pero luego dieron marcha atrás y optaron por organizar concentraciones que eran más parecidas a festivales y conciertos.

El propio Lula ha estado trabajando activamente para desmovilizar el movimiento contra la destitución y ha estado particularmente preocupado por las movilizaciones de los trabajadores. Su línea, y la de la cúpula del PT, es la de la colaboración de clases conciliadora y no la lucha de clases. Y siguen con esta política, ¡incluso cuando los burgueses van a por ellos personalmente!

Está claro que los trabajadores y los jóvenes de Brasil están sacando conclusiones de todos los acontecimientos recientes. El capitalismo brasileño está en crisis y está atacando a la clase obrera. Los dirigentes reformistas no sólo no han logrado detener esto, sino que en realidad han sido instrumentos fundamentales para llevar a cabo los ataques. Ahora están desacreditados y la burguesía está buscando otro medio de gobernar el país.

En estas condiciones, veremos el intento de la burguesía de utilizar a los partidos abiertamente de derechas, algunos de ellos con enlaces directos con la dictadura militar que llegó al poder en 1964. Esto, sin embargo, va a producir una reacción igual y opuesta a la izquierda, con la erupción de protestas de los trabajadores y de los estudiantes por todo el país. Ya ayer, hubo varias movilizaciones enormes, en particular de los jóvenes, que son una muestra de lo que está por venir.

Esto abre un espacio a la izquierda del PT, con la radicalización generalizada que está teniendo lugar entre los trabajadores y la juventud. Pero ¿qué fuerza puede llenar el vacío? En este momento el único partido que tiene el potencial para llenarlo es el PSOL, una ruptura por la izquierda del PT en 2002, que en los últimos años ha conseguido algunos resultados razonables, tales como el 28,15% conseguido por el candidato del PSOL en Río de Janeiro en 2012. El PSOL actualmente tiene cinco diputados federales. La Esquerda Marxista, la Corriente Marxista Internacional (CMI) en Brasil, se ha comprometido a reforzar el PSOL como una alternativa de izquierda al PT en declive. Esto sólo se puede hacer convenciendo al PSOL en su conjunto de la necesidad de una ruptura total con el capitalismo.

Grecia muestra cómo un pequeño partido de la izquierda puede ser catapultado de repente para convertirse en el principal partido de la clase obrera. Esto fue lo que ocurrió con Syriza. Pero Grecia también muestra lo que puede suceder cuando tal partido en el gobierno intenta administrar el sistema, en lugar de abolirlo. La burguesía le preparará trampas al PSOL, que debe evitarlas a toda costa. Eso es lo que los marxistas van a explicar pacientemente dentro de sus filas.

Este es el comienzo de un nuevo período, un nuevo proceso que va a ver un giro brusco a la izquierda de las capas más avanzadas, una situación en la que las ideas del marxismo pueden ganar un eco dentro de la clase obrera y de la juventud. Los compañeros de la CMI en Brasil, la Esquerda Marxista, están interviniendo en estos eventos con sus pancartas, consignas, folletos y revistas, llevando las ideas del marxismo al movimiento. Cuando la situación cambia tan drásticamente, ideas que en el pasado tenían problemas para avanzar dentro del movimiento de los trabajadores y de la juventud, podrán convertirse ahora en muy relevantes, y una poderosa fuerza marxista puede ser forjada en estas condiciones.

http://www.luchadeclases.org/internacional/america-latina/brasil/2426-2016-05-13-00-15-51.htmlcondiciones. LUCHA DE CLASES

 

El juicio ilegal de la burguesía contra Dilma Roussef

Por: Ricardo Robledo

En política no se suma como en las matemáticas. Muchas veces el que gana pierde. Es decir cree ganar; sobre todo cuando el triunfo se logra a partir de la fuerza o del engaño; pues, llega el momento en que la población supera su estado de postración y confusión; entonces, actúa, haciendo avanzar a la historia como nunca, de un día para otro.

En América Latina, la izquierda ha sido demasiado benévola con la oligarquía, ha aprovechado los resquicios de la democracia burguesa y le ha respetado sus instituciones tratando de rescatar el contenido liberal que pregona desde sus argumentos fundacionales.

 Pero los dueños del capital mundial y del orden económico, se dieron cuenta que sus discursos y estamentos democráticos dejaban grietas por donde han entrado propuestas de gobierno que quieren aplicar realmente las bases de los contratos sociales que enuncia el liberalismo: la libertad, la fraternidad y la igualdad.

 Los burgueses en todo el mundo no han sido capaces de aceptar los resultados de su propia argumentación democrática. Los gobernantes de izquierda, así elegidos, han sido perseguidos, desprestigiados, enjuiciados, destituidos, asesinados, les bloquean sus programas. El ataque mediático es permanente y tenaz.

 Ahora se aumenta la presión sobre Dilma Roussef, en un juicio en el que 100 de los 367 diputados votantes en contra, están investigados por corrupción. Llama también la atención aquellos que hablan con dios y votan en su nombre. Se invoca lo sobrenatural para enjuiciar sin bases a una presidente que no ha cometido delito alguno ante la ley de su país; ningún otro delito que no sea luchar contra el neoliberalismo y sus consecuencias sobre el empobrecimiento de la población.

 Las burguesías no aceptan las derrotas y desconocen los resultados en los que han perdido en franca y honesta lid el debate electoral; de esta forma deslegitiman sus instituciones y discursos democráticos y se vuelven ilegales a ojos vistos en el plano nacional, regional e internacional. Señores periodistas latinoamericanos ¿Qué es lo que está en crisis? ¿La izquierda o el sistema capitalista? En Venezuela, ahora quieren la amnistía para los implicados en acciones violentas contra la sociedad y la institucionalidad y que continúan las acciones de bloqueo a los planes del gobierno popular.

 Ha sido tan bondadosa la actitud de la izquierda que convoca a la población a defender la democracia; o sea, a defender la misma democracia burguesa de los ataques de la burguesía.

 Que recuerde los burgueses que son una minoría en toda parte del mundo y que tratando  de proteger intereses inmediatos pueden despertar al pueblo latinoamericano, que entenderá que tiene que ser más contundente e instalar su propia institucionalidad para dar nacimiento autónomo a una nueva sociedad, en la que las personas se reconozcan como iguales y en la que se establezcan relaciones de respeto entre ellas.

Abril 21 de 2016

Brasil El Gigante: Alfredo Jalife –

69 asamblea de ONU: intervenciones de Brasil, Argentina, Irán

Intervención de Dilma Rousseff en la 69 Asamblea General de la ONU: http://www.youtube.com/watch?v=SbNaaLHnQf0

Intervención de Cristina Fernández de Kirchner en la Asamblea General de la ONU

Declaración de Hassan Rouhaní, presidente de Irán (DISCURSO COMPLETO)

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=Nv9wH9OUZGk

Brasil: lo que está y lo que se viene

 | 25 julio, 2013 | Comentarios (0)

brasil protesta papa 2El paro general del 11 de julio no fue una continuidad de las masivas movilizaciones populares de junio. Muy parcial en la mayoría de las grandes ciudades, casi inexistente fuera de ellas, no consiguió parar -con excepción de Porto Alegre- el sistema de transportes. Los pocos cortes de rutas y avenidas fueron realizados por un número pequeño de personas. Las manifestaciones callejeras fueron muy bajas en relación a las multitudinarias marchas de junio: 8 mil personas, como máximo, en la Av. Paulista (San Pablo). Buena parte de los manifestantes había recibido dinero para participar y hasta un extra si ayudaba a cargar una bandera o cartel. La jornada, sin embargo, había sido convocada por las siete centrales sindicales del país, algunas (CUT, Fuerza Sindical) con enormes recursos financieros. En los pocos lugares en que hubo actividades combativas (Fortaleza, Porto Alegre, San José dos Campos, Belém, Natal), fue notoria la actividad de la CSP-Conlutas, a pesar de que sólo representa el 2 por ciento del movimiento sindical.

El PSTU, sin embargo, concluyó que “el 11 de julio fue la continuidad de las manifestaciones de junio” (Opinión Socialista, 17/7), lo que ni el estudiante menos informado se atrevería a decir. Los movimientos responsables de las jornadas de junio, el MPL en primer lugar, ignoraron el paro. La CUT, a su vez, pagó a sus “manifestantes” para que cargaran banderas (industrialmente confeccionadas) de apoyo al gobierno, las que dominaron los actos públicos (en junio, no se vio ninguna siquiera parecida).

La respuesta de Dilma Rousseff a “la voz de las calles” quedó reducida a la nada. La promesa de consagrar el 100 por ciento de los royalties del petróleo de alto mar (menos del 8 por ciento de la renta petrolera, en manos del capital privado internacional) fue mutilada y postergada por el Parlamento. La “reforma política”, anunciada como asamblea constituyente y después reducida a una modificación reaccionaria de un par de mecanismos electorales, fue simplemente enterrada en el Congreso Nacional. Dilma, que no tuvo tiempo para ir a la reunión de la Dirección Nacional del PT, lo tuvo para recibir públicamente a un representante parlamentario del PSOL, quien le manifestó su apoyo. Frente al obvio vendaval de críticas, el PSOL emitió un comunicado distanciándose de su diputado, pero apoyando la (enterrada) reforma política. Los principales partidos de izquierda se han puesto en la ruta de la divergencia o la colisión con el movimiento popular.

Lula salió de su mutismo (desde las páginas del New York Times), para caracterizar las movilizaciones como producto del progreso de la última década: los coches particulares habrían invadido las calles, entorpeciendo el transporte público. Ni una palabra sobre los lucros y los monopolios del transporte privatizado. Llamó también -era necesario- a una “renovación del PT”. La reunión de la dirección de éste, a mediados de julio, fue un episodio de crisis: manifestó su insatisfacción por la ausencia de Dilma y oficializó nueve listas para las elecciones internas del 10 de noviembre, con seis candidatos a presidente del partido. La izquierda del PT, un aparato ajeno al movimiento popular, apostó todas sus fichas en ese proceso.

Toda la porquería acumulada del Estado (régimen) brasileño está ahora apareciendo. Los poco más de 5.500 municipios del país usan nada menos que 510 mil “cargos de confianza” (ñoquis), muchos con salarios mensuales superiores a los 10 mil dólares. Mientras tanto, profesores y médicos municipales padecen salarios de hambre, para no hablar de la infraestructura. La corrupción y la crisis económica se cruzan en el BNDES, el banco estatal cuya cartera de créditos al sector privado aumentó de 25,7 mil millones de reales (12 mil millones de dólares) en 2001 a 168,4 mil millones de reales (84 mil millones de dólares) en 2010, con una tasa decreciente de la inversión privada, actualmente igual a cero. La mayoría de las empresas beneficiadas registra pérdidas o se encuentra en quiebra. La más importante es la EBX de Elke Batista, el “capitalista de Lula”, beneficiaria de 10,5 mil millones de reales de dinero público. La crisis capitalista está iluminando el agujero negro de la corrupción brasileña.

El papa Francisco viene al “más grande país católico del mundo”, en el que la proporción de católicos cayó del 92% en 1970 al 65% en 2010, en beneficio de las mafiosas sectas evangélicas que han gobernado el país en la última década junto al PT. Viene también a contener el movimiento juvenil, desviándolo. También para llamar al gobierno petista a “escuchar la voz de la calle” -abriendo más espacio para la Iglesia católica y reduciendo el de los evangélicos. Los “teólogos de la liberación” (los hermanos Boff, Frei Betto) se sumaron calurosamente a esa operación político-religiosa. El Vaticano le metió la cuenta de los inmensos gastos papales en Brasil al Estado y los evangélicos presionaron al gobierno para que los redujera, en una contienda pública. La izquierda, aquí, mira para otro lado.

Frente al inmovilismo político, el PMDB busca transformarse en el eje del régimen, reafirmando su alianza con el PT y el apoyo a Dilma, al mismo tiempo que bombardea en el parlamento todas sus iniciativas políticas. En las actuales condiciones, es casi un juego de ruleta rusa. Las centrales sindicales han marcado un nuevo paro general para el 30 de agosto. Aislado y sin conexión con cualquier plan de lucha de conjunto, la jornada será un nuevo saludo a la bandera. La juventud en lucha anda por otros caminos. Después de Belo Horizonte, los jóvenes de Porto Alegre -organizados en un “Bloque de Lucha”-, ocuparon la alcaldía, de la que sólo se retiraron mediante un compromiso escrito de pasaje gratuito en ómnibus y trenes para estudiantes y desempleados, sin desgravación impositiva de las empresas concesionarias. El caldo está fermentando. La victoria por puntos en el primer round puede transformarse en nocaut del gobierno en los próximos asaltos.

Osvaldo Coggiola

FUENTE: Partido Obrero http://po.org.ar/blog/2013/07/25/brasil-lo-que-esta-y-lo-que-se-viene/#sthash.EX6PLutU.dpuf

La izquierda en el laberinto de las redes sociales en Brasil

Tomado de: «QUESTION» http://questiondigital.com/?p=15603
Categoría: Hoy, Questionando, UNASUR |

FABIANA FRAYSSINET

Las marchas callejeras en Brasil, inicialmente apartidarias, comenzaron a teñirse con los colores de banderas de agrupaciones políticas y sociales de izquierda, que ahora intentan orientar la fuerza de un movimiento que nació como un “enjambre” de las redes sociales.

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Augusto de Franco, fundador de “Escuela de Redes”, definió el motor que impulsó el movimiento, al principio en grandes ciudades como São Paulo y Río de Janeiro, como un enjambre, que explicó como una “manifestación de interacción que solo puede ocurrir en sociedades altamente conectadas”, como las de Madrid y otras urbes españolas o en la egipcia plaza Tahrir.

Nacidas bajo una consigna puntual, bajar la tarifa del transporte público, se constituyeron en las mayores protestas después de las registradas en 1992, que culminaron con la renuncia del entonces presidente Fernando Collor.

Esta vez comenzaron siendo 5.000 jóvenes y llegaron a movilizarse más de 1,5 millones en 10 días. Pero con características innovadoras, según Franco.

“No fueron convocadas centralizadamente, no había liderazgo (y sí múltiples líderes emergentes y eventuales). No se trata de masas convocadas por organizaciones centralizadas, sino de multitudes de personas consteladas de modo distributivo”, analizó ante IPS.

“Los jóvenes no son apolíticos sino que, por el contrario, hacen la mejor política, que es en las calles. Pero no están vinculados a partidos”. João Pedro Stédile.

Un enjambre sin abeja reina que ahora está en medio de una “pugna ideológica”, según João Pedro Stédile, histórico dirigente del Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra (MST), que ahora se suma a las protestas.
“Como esa juventud no tiene una organización de masas, las clases sociales comenzaron un debate ideológico. Disputan las ideas de los jóvenes para influenciarlos”, sostuvo Stédile en entrevista con IPS.

“Por un lado está la burguesía que utilizó a Globo (conglomerado multimediático) y a otros medios de prensa para poner en la boca y en los carteles de los jóvenes la demanda de la derecha. Y por otro, la izquierda y la clase trabajadora, que están intentando ir a las calles para colocar sus propias propuestas”, explicó.

Stédile considera que las protestas estallaron por una crisis urbana de esta etapa del “capitalismo financiero”.

Enumera factores como la especulación inmobiliaria, que en los últimos tres años elevó 150 por ciento el precio de los alquileres y propiedades, y el estímulo a la venta de automóviles, que generó un tránsito “caótico”, sin inversiones paralelas efectivas en transporte público.

“Los jóvenes no son apolíticos. Están haciendo la mejor política, que es en las calles. Pero no están vinculados a partidos. Su rechazo no es la ideología de los partidos, sino sus métodos”, consideró.

El sociólogo Emir Sader añadió explicaciones más subjetivas, como la utopía, la rebeldía y la “saludable falta de respeto a las autoridades”, propias de la juventud, y que el adolescente manifestante Rafael Farías definió para IPS como “el calor, la intuición, el llamado”.

“Somos jóvenes y queremos llamar la atención”, explicó Farías. Y los escucharon los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, que ya les dieron respuestas coyunturales, como bajar el precio del transporte, instaurar mecanismos contra la corrupción, destinar más recursos a la salud y educación y debatir una postergada reforma política.

Pero las voces de los jóvenes llegaron también a los oídos de las organizaciones sociales y del amplio abanico de partidos de izquierda, incluido el Partido de los Trabajadores (PT), que sustenta el gobierno de Dilma Rousseff. El propio líder partidario, el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2011), los instó a sumarse a las protestas.

Según Lula, hay que evitar que la derecha se “apropie” del movimiento y “empujar” al gobierno hacia la izquierda, para “profundizar los cambios”.

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“No se trata de poner consignas en las bocas de los jóvenes. Ellos ya tienen las suyas y el simple hecho de ir a las calles y mostrar su indignación ya es una contribución política para toda la sociedad”, opinó Stédile.
“El problema es cómo movilizar a la clase trabajadora, porque cuando esta se mueva podrá hacer cambios estructurales y afectar los intereses del capital y de los grandes medios”, añadió.

La estrategia ya se reflejó en las últimas manifestaciones con consignas y actores más diversificados. Desde sindicatos, movimientos por los derechos de la mujer y homosexuales, hasta campesinos e indígenas.

“Estamos intentando movilizar a la clase trabajadora e incluir temas que interesan a esa clase y a todo el pueblo”, explicó el dirigente del MST.

Proponen consignas adicionales al fortalecimiento de la inversión pública en salud y educación, como la reducción de la jornada laboral a 40 horas, una reforma tributaria que penalice a los más ricos y alivie los impuestos de los más pobres, así como que las campañas electorales sólo tengan financiamiento público.

Quieren reivindicaciones menos urbanas, como la aceleración de la demarcación de tierras indígenas y una reforma agraria.

En la agenda de los movimientos sociales hay otras pautas, como la suspensión de las concesiones mineras y de subastas de petróleo.

“En mi opinión, las revueltas tienen bases económicas y sociales”, reflexionó Stédile. “Más que darles a los jóvenes una dirección política, es necesario poner a la clase trabajadora en movimiento, o sea llevar también a los pobres y trabajadores a la calle. Ese es el desafío”, enfatizó.

Un espacio representativo en las calles, que perdieron en la última década de gobierno de un partido liderado por un dirigente sindical de larga trayectoria y prestigio, como Lula, con el que se identificaban y del que se fueron distanciando.

“La izquierda en general también se burocratizó en sus métodos, aunque grupos de esta tendencia de la juventud en muchas ciudades tuvieron bastante incidencia y condujeron de forma organizada las protestas”, argumentó Stédile.

En tanto, Sader, militante del PT, entiende que “la izquierda tiene que disputar la dirección y el sentido de este movimiento con orientaciones claramente populares y democráticas”.

Es una estrategia ya conocida en la historia latinoamericana, de cuya efectividad tienen dudas algunos analistas y a la que otros apuestan.

“Este movimiento tiene una agenda crecientemente plural. Es un grito de ¡basta! Aunque grupos políticos específicos intenten capitalizar el movimiento, aún está por verse su resultado”, dijo a IPS el historiador Marcelo Carreiro.

Por su parte, el economista Adhemar Mineiro sostuvo “que el gobierno estará en buen camino si se sale de los carriles a los cuales retornó con el viejo discurso de ajuste y competitividad y se dirige a las masas que están en las calles para debatir un nuevo modelo de desarrollo”.

El poder de convocatoria de los sindicatos y organizaciones sociales se reflejará el 11 de este mes en su “jornada nacional de lucha y paralización”.

“Constatamos que los medios de comunicación y sectores conservadores y de derecha intentan influenciar las movilizaciones con objetivos ajenos a los intereses de la mayoría del pueblo brasileño”, argumentó la Central Única de los Trabajadores, una de las 77 organizaciones convocantes.

Por eso es “de fundamental importancia la participación organizada de la clase trabajadora en este nuevo escenario, para dar una salida positiva a esa situación”, justificó.

TOMADO DE «QUESTION»: http://questiondigital.com/?p=15603