Por: «Cuadernos de Reencuentro»
Faetón y el Carro del Sol: Un paralelo con las acciones bélicas del presidente Trump en 2026
En las páginas doradas de la mitología griega, Faetón, hijo mortal del dios Helios, arde en deseos de probar su linaje divino. Ruega a su padre que le permita conducir el carro flamígero que cada amanecer recorre el cielo. Helios accede y le entrega las riendas con el corazón encogido: “Los caballos son fogosos, el camino es estrecho y el abismo acecha”, le advierte. Pero Faetón, ebrio de ambición, ignora las palabras de su padre. Sube al carro de oro y plata, azuza los corceles y se lanza al vacío celeste.
Al principio, el viaje parece glorioso. El carro se eleva, radiante, símbolo de poder absoluto. Pero pronto el inexperto auriga pierde el control. Los caballos se desbocan: primero ascienden demasiado alto, helando la tierra con su distancia; luego descienden en picada, abrasando campos, secando ríos, convirtiendo continentes enteros en desiertos y quemando la piel de los mortales. El mundo entero tiembla. La Tierra, aterrorizada, clama a Zeus. El rey de los dioses, para salvar el cosmos, lanza su rayo implacable. Faetón cae envuelto en llamas, precipitándose al río Erídano, donde muere. Su caída es el precio de haber empuñado un poder que no estaba destinado a sus manos.
_________
Este mito antiguo resuena, con inquietante precisión, en las acciones bélicas del presidente Donald Trump durante los primeros meses de 2026. Trump, como Faetón, heredero de una potencia colosal, el “carro del Sol” moderno: el aparato militar, uno de los más formidables de la historia, decide tomar las riendas con determinación visionaria, quizás temeraria.
Trump, en enero de 2026, ordena la Operación Absolute Resolve: fuerzas especiales estadounidenses irrumpen en Caracas, secuestran al presidente venezolano, Nicolás Maduro y lo trasladan a Nueva York donde enfrenta un proceso injusto y humillante. Es un golpe audaz, que busca reafirmar la hegemonía estadounidense en su propio hemisferio.
Pero es ese 28 de febrero trágico cuando Trump autoriza la Operación Epic Fury, una campaña conjunta con Israel que desata la llamada Guerra de Irán de 2026:
Misiles, bombarderos B-2 y drones estadounidenses, junto a aviones israelíes golpean el complejo donde reside el líder supremo Alí Jamenei, quien muere al instante. Además, un misil impacta en la Escuela Primaria Femenina Shajarah Tayyebeh en la ciudad de Minab, en el sur de Irán, asesinando al menos 175 personas, de los cuales la mayoría eran niñas entre 7 y 12 años; instalaciones nucleares en Natanz y Fordow son atacadas, atacados también: arsenales de misiles balísticos, la flota naval iraní, centros de mando.
Los objetivos son claros, como los de Faetón: destruir la capacidad nuclear de Irán, aniquilar su armada, cortar el financiamiento a sus proxies e intentar garantizar que Irán no posea armas nucleares.
Al igual que en el mito, el carro parece imparable al inicio. Trump declara desde la Casa Blanca que los objetivos son “claros e inmutables”: “Estamos destruyendo sus misiles, aniquilando su armada, asegurando que nunca obtengan un arma nuclear y cortando sus tentáculos terroristas”.
El poderío estadounidense brilla como el Sol. Pero, como los caballos de Faetón, la realidad se desboca. Irán responde con misiles contra bases estadounidenses y aliadas en la región, ataca puertos y aeropuertos en el Golfo, amenaza el Estrecho de Ormuz —arteria vital del petróleo mundial— y provoca una espiral de caos: muertos civiles, alza del petróleo a nivel mundial, ampliación del conflicto a Líbano, Irak, Yemen y otros. La Tierra, metafóricamente, comienza a arder: economías tambaleantes, alianzas tensadas, el fantasma de una guerra regional que podría escalar a global.
Trump, como Faetón, parece haber subestimado la fuerza de los corceles: la inercia de la geopolítica, las represalias imprevisibles, el costo humano y el equilibrio delicado del orden mundial. Helios advirtió a su hijo; asesores, analistas y la historia misma han advertido a los presidentes sobre los peligros de intervenciones unilaterales en Oriente Medio. Aun así, el juramento —en este caso, la promesa de “paz a través de la fuerza” y de “América Primero” llevada a su expresión más contundente— se cumple. El carro avanza, pero el rumbo se tuerce.
El mito no termina en mera destrucción: Zeus interviene para restaurar el orden cósmico. En la realidad de 2026, esa intervención podría tomar muchas formas: límites del Congreso bajo la War Powers Resolution, presión internacional, el peso de la opinión pública o, simplemente, la lógica implacable de las consecuencias. Faetón cae, pero su caída sirve de lección eterna sobre la hybris, la arrogancia humana ante fuerzas que superan al individuo.
Así, el viaje fatal de Faetón no es solo una historia antigua. Es un espejo para nuestro tiempo. Trump, al empuñar el carro del poder militar estadounidense en 2026, nos recuerda que todo liderazgo ambicioso conlleva un riesgo cósmico: el de creer que uno puede domar el Sol sin quemarse. El mundo observa, conteniendo el aliento, mientras el carro surca el cielo.
¿Logrará el auriga moderno mantener el rumbo, o el rayo de la historia caerá para salvar lo que aún queda por salvar? El mito, como siempre, nos deja con la pregunta abierta: ¿es la grandeza de quien osa, o la prudencia de quien se contiene, lo que verdaderamente ilumina la Tierra?
********** ***********


