Carolina Corcho: Vista por Urías Velásquez

Colombia.
Hay personas que nacen del aplauso y otras del deber. Carolina Corcho pertenece a las segundas. La conocí cuando su voz, hecha de datos y de urgencia cívica, irrumpía en las redes para hablar de la salud de Colombia. No la movía la vanidad, sino una brújula moral: el derecho de los humildes a ser atendidos con dignidad. Desde entonces me pareció no solo sensata, sino entregada con una constancia que en este oficio público se ve poco y se paga caro.

Luego llegó el ministerio. El presidente la nombró para conducir la cartera más sensible del país: allí donde la estadística se convierte en vida o se diluye en abandono. La llamé, como se aconseja a quien aprecia uno de veras, para conversar sobre cómo proyectar el ministerio ante la prensa. Ella escuchó —virtud rara— y me conectó con su equipo. Confieso lo que vi: quisieron vestir con linos de club a una mujer nacida del barro digno del pueblo; cocinar, en cocina gourmet, un liderazgo que sabía mejor sencillo y franco. Carolina no quería ese disfraz, y lo dijo con su manera: trabajando.

Vino después el desgaste, la caricatura interesada, el libreto repetido de que con ella “no se podía negociar”. Esa frase, que tanto circuló, era un espejismo útil para actores cómodos con lo que ya estaba. Quien leyera las propuestas y las comparara con lo presentado en el Congreso notaría —como lo noté— crecimiento, diálogo, concertación. No vi tozudez, vi firmeza. Y entre firmeza y porfía hay el mismo abismo que separa una columna de mármol de una pared testaruda.

Una semana antes de su salida supe lo que venía y le dejé un mensaje. Entendí también al presidente: tenía que pasar reformas urgentes y, para ello, buscó mitigar ruidos. Entendí a Carolina: mantener recta una línea que había prometido a la ciudadanía. Dos razones que chocan no se anulan: se explican. Que a nadie le extrañe, entonces, que le doliera. No me lo dijo, pero sé que lloró: lloró quien sabe lo que pesa la responsabilidad cuando no se mide en votos, sino en camas, turnos y medicamentos.

Y, sin embargo, no se quedó en la orilla de la queja. Hizo lo que hacen los espíritus útiles: se preparó. Un mediodía bogotano compartimos un plato de lentejas en Chapinero —la república también se piensa en esas mesas austeras— y hablamos de economía. Le sugerí lecturas, autores alternativos que iluminan por el lado del trabajo, del consumo, de la inversión con propósito. Me sorprendió gratamente: ya estaba estudiando; me habló de multiplicadores, de demanda interna, de activar la producción sin olvidar el estómago de la gente. Después la visité en su apartamento y conocí a su madre: de esas madres que, sin discursos, hacen patria en silencio.

Pasó el tiempo y Carolina, en lugar de recoger velas, amplió mar: salió del puerto de la salud y navegó por la economía, el turismo, la tecnología, la justicia. Fue hilando un horizonte de país con los hilos de siempre —los de la equidad— y con otros nuevos —los de la productividad y la innovación—, sin renunciar a su raíz. Con ese trabajo paciente dejó de ser solo una opción adecuada y empezó a ser, para muchos, una favorita posible.

No escribo estas líneas para ungir a nadie con incienso, sino para narrar lo que vi y responder con honestidad a quienes me lo han pedido. He hablado varias veces con Gustavo Bolívar sobre Carolina; de su boca y de la mía han salido solo palabras de respeto y afecto. Si la izquierda decide que su nombre sea el que lleve la bandera, muy probablemente la acompañaré. No por gratitud personal, tampoco por disciplina de partido, sino por esa razón sencilla que enseñan los viejos manuales de la decencia: porque encarna un ideario claro a favor de los menos favorecidos y porque ha demostrado que la firmeza puede darse la mano con la serenidad.

En tiempos ásperos, cuando sobran los gritos y escasean las razones, conviene recordar aquella ética sobria que Abraham Lincoln exigía para sí mismo: “ser tan severo con uno como generoso con el adversario”. A eso invita el ejemplo de Carolina Corcho. Su liderazgo no es una consigna ni un espejo; es una puerta. Detrás de ella hay un país posible: hospitales que atienden antes de facturar, presupuestos que priorizan la vida, mercados que funcionan sin devorar a sus trabajadores, instituciones que se corrigen sin humillar a quienes las sirven.

A quienes la siguen les propongo esta vara de medir: apoyarla no es aplaudir cada frase, es exigir cada día la coherencia entre el sueño y el decreto, entre el plan y la fila en el centro de salud. A quienes la adversan, esta otra: discutir sus ideas sin negarle su honradez. Si de veras queremos una patria más grande que nuestros bandos, será preciso aprender a disentir con respeto y a construir con quien piensa distinto. Así se levanta una nación duradera: con piedra de pueblo y argamasa de respeto.

Carolina no es un relámpago: es una lámpara. No deslumbra, alumbra. Ha sido recta cuando convenía doblarse y dialogante cuando convenía tensar. En un país acostumbrado a los atajos, ella ha elegido el camino largo de la preparación, el estudio y la paciencia. Ojalá el país esté a la altura de ese gesto.

Desde esta columna, entonces, le deseo la mejor de las suertes. Y a quienes la acompañan, les pido que lo hagan con la misma disciplina que ella se exige: firmeza para sostener lo justo, responsabilidad para corregir lo que haya que corregir, y decisión para no abandonar el timón cuando arrecie la tormenta. Que su nombre no sea un grito: que sea un compromiso. Porque las naciones, como las vidas, se salvan así: con menos estruendo y más verdad.

Nota: cualquiera que lo desee, medio comunitario, regional o persona puede reproducir esta columna. Lo importante aquí es que Colombia conozca a esta gran mujer: una mujer que le es fiel al país que todos amamos.

TOMADO DE: https://huastecaeditora.wordpress.com/2025/08/30/carolina-corcho-vista-por-urias-velasquez/

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