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Publicado en Actualidad
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Publicado en Actualidad
Propiedad vs Vida
Por: Ricardo Robledo
Así en ese orden. Los militares en Colombia están haciendo lo que heroicamente están acostumbrados a hacer: matar civiles en estado de indefensión, efectuar falsos positivos, desaparecer personas, atacar bajo banderas falsas, actuar en la oscuridad. En todo el territorio nacional dejan la gloriosa huella de su zapateiro ensangrentado.
Se ajustan fielmente a su formación contra el enemigo interno y actúan como una fuerza de ocupación. Si se mira en los inicios de las sociedades, se verá que surgieron los que quedaban encargados de cuidar la tribu, quienes fueron acumulando tanto poder que se diferenciaron del resto y constituyeron el estado, el cual terminó como un suprapoder sobre la comunidad. A esto llegamos, los encargados de defender a los ciudadanos, son sus verdugos.
La Cruz Roja Internacional ofrece un curso online sobre el Derecho Internacional Humanitario (DIH) –algo que todos deberían conocer- en el cual se describen las normas que pretenden humanizar la guerra, si es que ese término cabe. Se ha acordado que su incumplimiento se constituye en delitos de lesa humanidad, como los son el provocar al enemigo un mal innecesario, como las violaciones sexuales, la tortura, cortar cabezas y jugar futbol con ellas y más delante de los familiares de las víctimas.
Considera el DIH que un enemigo herido ya no es un enemigo; un prisionero, tampoco y queda bajo custodia de quien corresponda, la preservación de su integridad. Todos estos crímenes y más, han ocurrido en Colombia. Un aspecto irracional, a todas luces, es que algunos sectores de la narcoderecha, no reconocen que exista una guerra y por tanto no sería aplicables esas normas internacionales. Si no la hay, ¿por qué se despliegan armas de guerra y se acumulan muertes y desapariciones por miles?
Ante tanta evidencia y mortandad por décadas, los organismos internacionales no han actuado. La corte penal internacional ha sido inoperante, mientras los criminales asesinan a sus anchas. Nada los detiene, ni las denuncias, ni el repudio, ni las investigaciones, ni las condenas, ni la historia. Esto es lo que se vive hoy durante las protestas ciudadanas.
En el desespero, los manifestantes colombianos hacen llamados a la ayuda internacional, esperanzados, pero los muertos son nacionales. Aquí se hace más evidente eso de que sólo el pueblo salva al pueblo. Algunos gobiernos extranjeros tiran sus discursos y desaprobaciones, a la vez que envían su ayuda militar a los asesinos.
La justificación de los actos de los siniestros organismos gubernamentales, es la defensa de la propiedad privada, la cual es sagrada cuando está en manos de los ricos. Ellos mismos efectúan y promueven actos vandálicos. Entonces matan a sangre fría – incluso a personas que caminan por la calle- violan, torturan, desaparecen, lesionan ojos a mansalva, tiran gases en residencias; acciones dirigidas todas contra los manifestantes pacíficos.
El gobierno de la narcoderecha sabe de sus crímenes y creen que su única salvación es mantener la violencia porque es su punto más fuerte, pero se hunden en sus delitos, provocando gran dolor a la población colombiana. Pagarán ante la Historia y los pueblos del mundo. Temblorosos ven en una protesta ciudadana, una revolución promovida desde el exterior y se aferran a cualquier teoría reaccionaria para que la realidad se ajuste a sus pesadillas.
Los colombianos y los pueblos del mundo, tenemos derecho a vivir en paz, protegidos y en condiciones de vida digna.
Mayo 07 de 2021
Publicado en Actualidad
Los colombianos no quieren ser tratados como espectadores. Presidente Duque, salga del estudio

Por Sinar Alvarado
Es periodista y editor radicado en Colombia especializado en temas políticos. Ha cubierto el conflicto armado del país y el acuerdo de paz.
BOGOTÁ — Luce lejana la imagen que Iván Duque vendió en campaña: un tipo accesible, vestido de jean y camisa de manga corta, decidido a vivir en el mismo apartamento de siempre después de convertirse en presidente de Colombia hace casi tres años. Ahora es otro: un funcionario distante que habla cada noche por televisión desde el Palacio de Nariño, donde se mantiene recluido por estos días mientras en diversos lugares del país arden las protestas contra su gobierno.
El momento es crítico: Colombia supera cada día el número de infectados y muertos por la COVID, el desempleo se disparó, la inflación y la pobreza crecen y las ayudas oficiales no logran paliar la crisis. Para corregir el hueco fiscal, empecinado contra las voces que recomiendan postergar el ajuste, Duque impulsa una reforma tributaria que no resuelve la desigualdad histórica de este país.EL TIMES: Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos.Sign Up
Esta mañana, después de un paro nacional, el presidente apareció en un programa de radio para decir que mantiene la reforma. No es común verlo ante medios dando explicaciones. Duque se ha guarecido por demasiado tiempo en el set de su programa Prevención y acción. Allí habla de forma rutinaria mientras se queja de la agitación que lo adversa en las calles.
Hablamos de un jefe de Estado impopular que encontró refugio en la televisión: un ambiente controlado donde habla sin contrapesos. El programa transmite cada vez más propaganda de forma abierta y monopoliza el espectro radioeléctrico con dinero público. Cuando falta solo un año para la próxima elección presidencial, el espacio empieza a convertirse en una ventajosa herramienta de campaña. En cambio, mientras dura esta pugna de hoy, podría ser el espacio donde el presidente discuta con críticos y aliados su controversial reforma.
Los colombianos no han tenido muchas oportunidades de recibir explicaciones. Durante su gestión, Duque apenas ha hablado ante la prensa, especialmente aquella que lo confronta. En la pandemia, sin embargo, su rostro ubicuo ha invadido los hogares colombianos con un discurso gastado que muy pocos ciudadanos quieren escuchar. El pretendido líder moderno, un tecnócrata conservador, imita a los populistas de izquierda, expertos en multiplicar su imagen con maquinarias de comunicación bien aceitadas.
En medio de la crisis este gobierno intenta forjar un relato nacional donde las vacunas llegan sin falta, el hambre se ha saciado y el posconflicto avanza sólido. Pero la realidad no se decreta en horario estelar. Esa tarea implica escuchar a muchos, sobre todo a los insatisfechos; y no solo a un reducido coro de aliados.
Los productores del reality show presidencial deberían incluir invitados diversos que le aporten al anfitrión un saludable vistazo fuera de su estudio insonorizado, a las avenidas y plazas donde palpita el disenso. El ruido de las cacerolas que muchos golpean por las noches es el grito manifiesto de millones de ciudadanos que no quieren ser tratados como espectadores.

Quizás la raíz de ese vivo descontento social esté en el inicio. Iván Duque es un presidente fortuito, el repentino heredero de Álvaro Uribe, un caudillo al que no hemos logrado jubilar. Su gobierno se ha ido rápido sin un legado concreto, y a estas alturas parece que así terminará. El balance desde ahora ofrece saldos negativos: un ritmo de vacunación por debajo de nuestra capacidad, un acuerdo de paz sin respaldo, la violencia de siempre asociada al narcotráfico y un reguero de asesinatos que continúa cada semana.
A fines de 2019, con poco más de un año en el cargo, Duque enfrentó las primeras protestas. Para 2020 había nuevas marchas anunciadas, pero llegó la pandemia y él pudo convertir la crisis en oportunidad. En marzo de ese año lanzó el programa de televisión que ya acumula cientos de emisiones. Su objetivo inicial era comunicar noticias de la emergencia por la COVID: decisiones sobre la salud pública, ayudas oficiales contra la crisis, entre otras. El espacio tuvo su audiencia al principio, pero los colombianos voltearon luego su mirada hacia otras urgencias. Entonces el mandatario, quizá en busca del televidente perdido, forzó los límites para incluir nuevos temas en su show de variedades.
Ironía: el virus, que a tantos ha ahogado, le dio a Duque un soplo vital que mejoró su imagen. Pero todo esto tiene un costo: los medios no pueden interpelarlo y la oposición no cuenta con un espacio equivalente. El balance y la transparencia han desaparecido. La telepresidencia emparenta a Duque con el chavismo, su supuesto archirrival ideológico, que estableció una “hegemonía comunicacional” e impulsó su verdad única para evadir los contrapesos democráticos.
Suena exagerado para Colombia, que superó hace décadas su última dictadura. Y puede que no lleguemos hasta esos escenarios, pero sí hay riesgos tangibles. Al promover su versión interesada, Duque empobrece el debate público, limita la libertad de expresión, erosiona la democracia y lo hace con fondos que pertenecen a todos los colombianos.
La sobreexposición en el fondo lo perjudica. Dijo Lao Tse que el mejor gobernante es aquel de cuya existencia la gente apenas se entera. Duque debería mostrarse a través de sus obras, muchas de ellas urgentes; y menos en el lente distorsionador de las cámaras amigas. Mientras presente su rostro cada noche en pantalla, difícilmente cesará la irritación ciudadana. Los líderes de las manifestaciones ya anunciaron que volverán a las calles el 19 de mayo. Conviene desactivar esa bomba.
Duque, la estrella principal de Prevención y acción, en efecto puede prevenir y actuar. Pero necesita abrir espacios de debate en lugar de monólogos al aire; responder críticas y revisar su gestión. Lo primero es dejar de usar la pandemia como excusa para venderse y terminar con su repetitivo programa de televisión. Practicar la austeridad que prometió en campaña y limitar la millonaria publicidad oficial.
Presidente, salga del estudio, invite a un diálogo nacional y escuche las razones del descontento. Abandone de una vez el solitario rol estelar y ábrase a la oportunidad de una obra colectiva.
Sinar Alvarado (@sinaralvarado) es periodista y escribe sobre Colombia para medios internacionales.
ARTICULO TOMADO DE «THE NEW YORK TIMES», escrito el 29 de abril de 2021
Publicado en Actualidad
Vandalismo, bandalismo y conciencia
Por: Ricardo Robledo
Vandalismo es una palabra usada recurrentemente para desaprobar las protestas sociales; a tal punto que actos vandálicos son promovidos desde el estado como una estrategia para infiltrar las marchas y así buscar su repudio por la sociedad, utilizando a los medios de comunicación para hacerlos más evidentes y aumentar el impacto.
Por esto, es necesario inventar un nuevo término, bandalismo, para describir el violento accionar de las fuerzas estatales en las marchas o el de las bandas contratadas para tales fines siniestros y el de las bandolas que saquean al país. No es raro que en Colombia circulen videos de pistoleros anunciando que por orden de los jefes van a actuar o que el capo mayor llame a las fuerzas oficiales a hacer uso también de sus armas contra los manifestantes.
Pero en lo que tiene que ver con el vandalismo, es necesario profundizar en el debate social acerca de lo que es y lo que no puede ser catalogado simplemente como tal.
Por un lado, están los que desconocen los objetivos acordados y que van detrás de los suyos propios aprovechando de forma oportunista la convocatoria popular. En este grupo están, además de los delincuentes, aquellos que tiene su estrategia y su táctica, cerradas y ajenas a una amplia discusión social. Actúan negativamente sobre el movimiento y contribuyen a dispersar los esfuerzos de la lucha popular.
Existe otro accionar que es ejecutado por una población reprimida, violentada y explotada por décadas, llevada a la miseria, al hambre y al abandono y que ven en una revuelta una opción para apropiarse de unos artículos de los cuales han sido carentes históricamente. Las protestas sociales no tienen por qué ocurrir ordenadamente, cuando el orden del opresor pesa sobre los hombros de la población. Son los desposeídos creados por la sociedad capitalista y que no tienen nada que perder.
Es tarea de las fuerzas policiales controlar su orden público alterado por los guarimberos contratados por el gobierno, o por acciones que ellos mismos ejecutan y que usan como pretexto para atacar a la población que con justicia reclama sus derechos. Saquean y destruyen propiedades para decirle a la sociedad que los están defendiendo de los saqueadores.
Así como el feminicida dice que si la muchacha no es para él tampoco será para nadie, igual procede la derecha: si la población no va a estar bajo su dominación y control; entonces, no será para nadie y por eso causan destrucción de propiedades. Matar al pueblo, que supuestamente es el constituyente primario, para proteger las instituciones, es como matar a la esposa para salvar el matrimonio. Así como la culpa es de la mujer que reclama, reacciona y se defiende con sus manos, la culpa es del pueblo que reclama, reacciona y se defiende sin armas de guerra.
A la narcoderecha que gobierna en Colombia, le va a pasar lo mismo que a los nazis; una vez derrotados, que abrieron los ojos y vieron sus crueldades, observaron que procedieron así porque creían estar haciendo lo correcto.
Entonces, hay que preguntarles a los militares si ya están satisfechos con la sangre derramada en honor a sus dioses o si piensan seguir ahogando en más sangre las masacres y demás crímenes de lesa humanidad. O van a continuar siguiendo las órdenes del capo mayor quien tembloroso dice: “disparen antes de que lleguen donde mí”. “El estado soy yo y esa es la defensa de las instituciones”. Por eso, pelotones de asesineiros atacan en turba a la población que protesta.
El argumento de la defensa de la “gente de bien”, es un recurso rancio con el que manejaron a los abuelos y ya carece de tanto sentido como el estado unipersonal de los reinados absolutistas.
La derecha colombiana, el actual presidente usurpador, su partido y sus agentes, pasarán al sitio que se merecen: al basural de la historia.
No se sabe por qué se pronuncian las autodefensas, aparecen supuestos comunicados de la insurgencia, pero la OEA ni los militares nacionalistas o constitucionalistas no lo hacen.
La revolución no es saqueo de mercancías de los almacenes; es el cambio de las relaciones sociales de producción, la construcción de un mundo nuevo, humano y así lo establecen los pueblos que son los que determinan el curso de la historia.
Las actuales manifestaciones y la forma en que se han desarrollado, hacen avanzar la conciencia del pueblo colombiano, mucho más que cien discursos. Ahora identifican con mayor claridad quienes son sus enemigos, mientras la oligarquía se aísla, la mano siempre dentro del gabán y piensa en arreglar maletas, por si hay problema, salir volados; muchos magnates de los estratos medios y bajos, se darán cuenta de que no tienen los recursos para comprar casa o pagar alquiler en Miami. La izquierda debe elevarse hasta alcanzar la altura de su pueblo.
Mayo 05 de 2021
Publicado en Actualidad



