Por: Ricardo Robledo
En Colombia las instituciones políticas están diseñadas para que la oligarquía gobierne; de esta forma las élites tradicionales han mantenido al país en el Siglo XVIII conservando un modelo colonial que les ha permitido vivir del estado como una nobleza a la que todos los ciudadanos le tributan. Muchos políticos que le han hecho oposición buscan apenas reemplazarla en sus funciones para también disfrutar de los privilegios estatales sin pretender un cambio fundamental en la institucionalidad. Ven la política como una forma de ascenso social y muchos lo han logrado; esto incluye a quienes posan de izquierda, sector al que se suman considerándolo tan sólo como un nicho de mercado no tan competido como pueden presentárseles los partidos tradicionales. No son pocos los ejemplos y las traiciones a los intereses populares; el camino ha estado plagado de personajes que nadan en la corrupción y en los fraudes y que distan mucho de la ética, la moral, la disciplina y los valores verdaderamente revolucionarios.
Como expresa Héctor Abad Gómez en su libro Manual de Tolerancia, “la política atrae a los mejores y a los peores hombres”. De esto no se ha escapado ni la llamada “izquierda” en la que también se reproducen los vicios de la política tradicional. Urge una depuración que delimite los campos y que permita diferenciar los intereses populares de las ambiciones personales. Este va a ser un logro de los resultados electorales; puesto que a medida que se conozcan los escrutinios, aparentemente no tan favorables a la izquierda, algunos saldrán en busca de toldas políticas que no los dejen por fuera de la torta.
Es decir, se irá haciendo claridad acerca de quienes representan los intereses populares y quiénes no. Esto significa realmente un avance que será captado por los sectores oprimidos y por los verdaderos dirigentes de izquierda que han estado enredados y esperanzados en la búsqueda de una unidad siempre entorpecida por personajes que sólo persiguen sus intereses mezquinos de ascenso social y que usan la palabrería de izquierda como vehículo.
Otra cosa es entender en qué momento del proceso estamos y buscar la alianza con los sectores democráticos una vez diferenciados los intereses y puestas las cartas sobre la mesa. Cometen un error de izquierdismo aquellos que creen posible el implementar un modelo socialista en lo inmediato. Y se quedan en el reformismo, quienes tan sólo ven las necesarias reivindicaciones de la democracia republicana y renuncian al avance de la sociedad. Todo es un asunto de intereses que deben ser diferenciados, pero que coinciden en un camino histórico. Nuestra historia condiciona lo que somos y limita lo que podemos ser y esto deben entenderlo y estudiarlo los revolucionarios.
La única que tiene claro cómo implementar el socialismo en nuestros países es la derecha regional, que se ha quedado en su crítica a la interpretación lineal de los marxistas y socialistas del siglo XX; son estos sectores retrasados los que quieren girar hacia atrás la rueda de la historia y desconocer la lucha permanente de los seres humanos por la libertad. Sus privilegios y egolatría los lleva a soñar con una realidad que nunca va a cambiar o que su poder personal puede parar cualquier avance social. No por esto dejan de ser peligrosos en el desespero de estar parados sobre un modelo que se derrumba, por lo que están dispuestos a todo tipo de violencia si de defender sus intereses se trata. Los hechos lo confirman.
La forma en que Colombia –y todos los países colonizados- se insertaron en la Modernidad, es decir en la sociedad burguesa, dejan reducidos a cero los conceptos de ciudadano, democracia y nación, tal como los ha mantenido la oligarquía local, que ha sido la gran perdedora en los comicios recientes. Otros eran los tiempos cuando desde su posición de poder, la clase política tradicional convocaba a los jefes de las mafias a que le hiciera la guerra sucia contra la izquierda, proceso en el que los invitados hicieron valer su poderío en los diversos frentes de la economía; sectores emergentes ahora convertidos en una burguesía industrializada que aprovechó al narcotráfico como su forma de “acumulación originaria”. En el decir de algunos terratenientes tradicionales: “los pusimos a cuidar la finquita y se querían quedar con ella”. Ese era lo que inspiraban las componendas de reelección sin límites. La oligarquía asiste ahora al poder como invitada de los antiguos huéspedes de la casa de “Nari”.
La izquierda fue incapaz de entender su papel en la implementación de la democracia republicana y dejó que las agrupaciones emergentes de extrema derecha lideraran el golpe a la oligarquía, perdiendo de esta forma una opción de avance social hacia los intereses populares. De concretarse el triunfo político de la derecha, como parece que será, el país caerá en la incertidumbre, conducido al abismo por un modelo que dará tumbos. Muchas veces el que cree ganar, pierde. Si la sociedad colombiana no se democratiza la explosión de los que viven en la miseria será inevitable; es cuestión de tiempo.
Otra cosa es que esta nueva burguesía, desarrolle planes populistas de subsidios y de programas habitacionales para enfrentar el mal ejemplo de la revolución bolivariana y logre así prolongar su dominio basado en el engaño. O sea, que si no es porque en Venezuela el gobierno revolucionario construye un millón de viviendas gratis, en Colombia nunca se hubieran visto obligados a hacer planes para cien mil casas gratuitas. Esos son los rodeos de la política.
Por eso el casting para los candidatos presidenciales incluye asumir una posición de condena a Venezuela. Han sido frecuentes y ridículas las encerronas de los periodistas a Gustavo Petro para que reconozca a Chávez como un dictador y repudie al legítimo gobierno bolivariano; como no lo hace, lo acusan de castrochavista y de querer poner a aguantar hambre a los colombianos, como único punto de gobierno. Paradójicamente, la derecha que tanto advierte acerca de engaños y truquitos, convoca para elegir vicepresidente para Colombia.
La diferencia entre los votos de la derecha y de la izquierda es que unos son manipulados y los otros producto del pensamiento; es decir, razonados. O sea que hay un gran número de colombianos que desean un cambio para el país. Aunque se debe tener en cuenta que en una sociedad de clases, la razón no da el poder, éste lo ejerce el que tiene la fuerza para imponer su razón. Llegarán los tiempos en que el pensamiento triunfe sobre los violentos.
No es exagerado decir que según sea la línea presidencial que gane en Colombia, se profundizará el ataque al pueblo venezolano o se extenderán las manos de hermandad.
Marzo 19 de 2018


